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Poligrafía

Rue du Louvre

por Francisco Herrera


 

En otro artículo de este número de Clic, me referí a un fenómeno muy característico de

nuestro tiempo: «la museificación del mundo». Sin embargo, por fortuna, todavía contamos con dispositivos profanadores que, como ciertas formas de vida, consumen la materia muerta para transformarla en oxígeno. Uno de ellos es el arte, cuya capacidad de resistencia a los regímenes de sentido impuestos por el verdugo de turno nos permite encontrarnos con verdades desconocidas, aunque a veces sospechadas.

En el repertorio de los momentos cumbre de la profanación de la institución museal, se encuentra una escena de la película Banda aparte, de Jean-Luc Godard. En esta escena (recreada con una especular pereza, justificada —pero no justificable— por la ética de la citación en Soñadores, de Bertolucci), los tres protagonistas se lanzan en una carrera y se proponen batir un récord: atravesar el Louvre en menos de 9 minutos y 48 segundos, la marca vigente establecida por Jimmy Johnson, de San Francisco. Con ese don, entre mayéutico de sacerdote de oráculo o de tarotista, que tiene Godard (quien quiera verificarlo con el pasado no tiene sino que ver La Chinoise, y si se atreve a ver el futuro, lo invito a ver Film Socialisme), me permitió tomar conciencia de algo que yo intuía: que la verdadera grandeza del Louvre, aquello que lo distingue de todo otro museo del mundo, radica en ser un «museo calle», una especie de fastuosa invaginación del espacio público. Esta es la verdad reprimida del Louvre, la de ser un pasaje más (acaso el más magnífico) de París, como los que inspiraron el Libro de los Pasajes, de Benjamin o el cuento «El otro cielo», de Cortázar. Encadenado a sus funciones patrimoniales o —peor— a ser un salón de fiestas de lujos para locatarios privilegiados, el Louvre espera ser emancipado de estas ataduras, que sea abolida su tarifa de entrada, sus controles de seguridad aeroportuarios y —lo más importante de todo— sus restrictivos horarios de apertura. Liberado, el Louvre florecería, acogiendo en sus bancos y balaustradas a  lectores y a paseantes, poniendo la belleza de sus tesoros al servicio de amores furtivos, y el volumen de sus galerías para favorecer encuentros inesperados; en resumidas cuentas, el azar del mundo que espera, agitado como las aguas retenidas por un dique, detrás del enrejado.

Si existiera, en los tiempos que corren, la posibilidad de una política imaginativa o revolucionaria (acaso el abandono de ambas en esa arena no estén desvinculadas), sin dudas emergería en la insulsa campaña actual para alcalde de París algún candidato cuyo programa de gobierno abogaría por este acto de justicia. Si así fuera, para reclamar una auténtica corona de laureles, Bolt tendría que empezar a entrenar con calzado apto para pistas de mármol.

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