
Roma
Fotografías: Nacho Cirio
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma.
Jorge Luis Borges
Uno de los sentimientos del viajero es la añoranza ante las imágenes de los lugares visitados. Precisamente por ello, la serie de Roma, de Nacho Cirio, confirma que las fotografías, en especial la de sitios históricos o ciudades icónicas, fomentan la nostalgia de una manera muy fuerte.
Se ha dicho que la fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular: “Todas son memento mori” (Sontag). Y hacer una fotografía, de alguna manera, es intervenir en el espacio de la fragilidad, de la vulnerabilidad de una cosa, de una persona, pero también de los recuerdos que evoca quien se sitúa frente a la imagen. En esa escalinata interminablemente bella de la Piazza Spagna, ya no estaremos abrazados, riéndonos cara al sol de la primavera, podríamos pensar -mirando la foto de Nacho-, si alguna tarde de abril hubiésemos estado en ella. La toma ha inmovilizado, ha congelado el tiempo, a la vez que la imagen pasa de impregnar una presencia del ayer a hacer patente la ausencia de lo vivido.
Técnicamente, podría decirse que las fotografías de Cirio manifiestan una marcada influencia de la madre de las artes plásticas: la arquitectura. En un texto publicado hace tiempo (segundo número de Clic, sobre fotos del mismo autor), se habló de la sensación de estar mirando una maqueta, un modelo a escala; sin embargo, estar haciéndolo con la mirada de un coloso, que todo lo ve y todo lo abarca. Se señaló “el lujo del detalle”.
Agregamos, también, que la serie de Nacho logra ser más memorable que las imágenes cambiantes guardadas en nuestro archivo personal de las vistas de la Ciudad Eterna: son mínimos fragmentos cósmicos, nítidos espacios de tiempo inmóvil, que se nos ofrecen para nuestro deleite y (¿por qué no?) para nuestra morriña viajera.









