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Noche parisina

Fotografías y texto:
Héctor M. Sabarrós Souto

 

Caminar por Paris a la noche es trabar amistad con los fantasmas. Más que en ninguna otra ciudad, los mitos se yerguen de entre las sombras y vivos nos acompañan silenciosamente. Para alguien de mi generación, este lugar ha cumplido con creces la sentencia dada por Victor Hugo cuando dijo que en el siglo XX habría una sola capital de Europa y se llamaría Paris. De ella se enamoraron escritores y poetas, fotógrafos, pintores, artistas e intelectuales. Sobre ella se escribieron miles de textos, cientos de canciones y un sinnúmero de cuadros y películas nos la recuerdan a lo largo de todo el mundo. Entonces, nos parece poco menos que natural que nuestros años jóvenes tuvieran una fuerte marca de deseo por transitar sus calles, sus pasajes, atravesar sus puentes, amar sus mujeres, disfrutar de sus sabores, oler las comidas de sus bodegones, apasionarse de ella y habitarla. Hacerla de uno.

 

Mientras paseo, recorro a través de mis recuerdos las páginas de los libros del liceo: la Revolución Francesa, la guerra franco-prusiana, la Comuna de Paris, la ocupación nazi y la gloriosa liberación, el Mayo Francés. Uno a uno los sucesos de la historia parecen estar allí presentes, en los rincones de la penumbra y la sombra de la noche parisina. Como en un juego de tiempos y pasajes, se han ido generando capas (materiales y espirituales) de imágenes ilustrativas de los sucesos que marcan la historia: la destrucción y la reconstrucción, la ocupación y la liberación, la muerte y la resurrección. Eternos e inmortalizados a través de la literatura, atraviesan el Sena junto a mí  los espectros que se escapan de la Trilogía de la Ocupación, de Patrick Modiano; puedo escuchar todavía las carcajadas siniestras de la turbiedad y la complicidad social en ese negro período del siglo XX francés de la ocupación. “La Paris de los espejos”, como escribió W. Benjamin, la de las mujeres más bellas porque, aun antes de ser miradas por los ojos del hombre, ellas se han mirado múltiples veces en los espejos de ese gran “salón de biblioteca atravesado por el río”, es ahora la ciudad amante de mi lente.

 

Deambulo, y como fotógrafo me es difícil transmitir a través de las palabras el placer que siento, quizá porque todo el tiempo, estas se me transforman en imágenes.

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