
La noche: sus luces y oscuridades
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
La posibilidad de la noche
Cuando Tanizaki escribió El elogio de la sombra, un ensayo que discurre con agudeza poética en la temática de la arquitectura japonesa y la importancia de la sombra en la estética tradicional de su cultura, quizá ni se le haya ocurrido que estaba a la vez invitando a sus lectores (occidentales, en este caso) a un juego de posibilidades vinculado, en principio y aparentemente, a la infancia. Referimos a aquellos entretenimientos que suelen acompañar las duermevelas de los niños en la semioscuridad de sus cuartos, cuando los espacios de la habitación y las formas de los muebles pueden variar de sentido, de significado y hasta de existencia, con solo dejar libre la imaginación. Y si hablamos de juegos de infancia es solo porque en general, en nuestro mundo, la premura con que se vive la adultez aleja al individuo del tiempo gozoso de la fantasía y sobre todo le dificulta ser lúdico. Descubrir las manchas en las paredes, advertir los movimientos de la luz que se cuela por alguna hendija y dibuja en la manta de la oscuridad pájaros prehistóricos, son solo juegos permitidos a la imaginación de los pequeños en nuestro universo occidental.
Como decíamos, el escritor recorre un texto en que muestra dos ideales de belleza o dos estilos de la estética: el occidental, que procura casi con adoración la luminosidad; y el oriental, que le otorga un valor absolutamente necesario y gozoso a las sombras. Pero no solamente la tradición japonesa disfrutará de la sombras y descubrirá en ella la belleza que se oculta ante el brillo casi impúdico de la luz plena, sino que reafirma esa condición a fin de llenar de gusto el hecho de aceptar aquello que para otros pueblos puede llegar a ser una limitación. Va más allá, aún, y dice: “… la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales (…) los pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Al contrario, nos gusta ver cómos se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo se ennegrecen del todo”. Y al decírnoslo, nos revela la presencia de la vida que, impregnada en aquel objeto que apreciamos, nos habla de otras vidas y otras experiencias: es la memoria que se desprende desde la opacidad de los recuerdos y se presenta entre las tinieblas como un permanente presente.
En la semioscuridad de los cuartos, cuando niños, sabíamos identificar los perfumes de las almas que habían habitado nuestras casas; viajaban nuestros antepasados por el espacio penumbral del cielorraso; se iluminaban las lunas de los roperos que guardaban ramos de lavanda, y aparecían de entre sus rincones figuras y formas fantasmales. Conservábamos todavía el sortilegio de habitar la incompletud y dejarla plena de significados propios. Hoy, leyendo a Junichiro Tanizaki, jugamos a inaugurar nuevamente alternativas de visiones singulares.
No será entonces por casualidad que los fotógrafos de Clic fueron tras la intriga y la curiosidad de las sombras, y así intentaron cortejar la posibilidad de la noche.


