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Habanera

Fotografías: Belén Bianco
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz

  Se ha sostenido que el vocabulario con el cual es posible evaluar la fotografía es reducido en significantes, escaso en vocablos y exiguo en expresiones. A fin de establecer con ella el vínculo de la palabra, se piden en préstamo aquellas voces que suelen alumbrar el argot de la pintura, por ejemplo. Así, es frecuente escuchar que los fotógrafos y los críticos fotográficos  explayan sus comentarios en torno a la luz y a la composición de las tomas. Pero no es ajeno a esta disciplina el empleo de expresiones que aluden a situaciones o estados mucho menos definidos: es bastante frecuente ponderar tomas fotográficas llevando el interés a la fuerza o a la diversidad de elementos que ellas exhiben, a la espontaneidad con que se han registrado, etc. De esta manera se alude a determinadas fotografías diciendo que son “tomas enérgicas” o “sutiles”; “cargadas” o “espontáneas”; quizá un concepto bastante usado sea el de “simple” o en la actualidad —y aun, más difuso—, la utilización del vocablo “minimalista”. Es posible, según algunos autores, que la característica de la expresión lingüística vinculada a esta disciplina artística (o carencia, según se entienda) sea debida al proceso mismo que propone la fotografía en cuanto convocatoria al gusto y a la imaginación, prácticamente sin límites. Tentada con esto de la permisividad del vocabulario fotográfico, ya que es posible pedir prestado el de otras artes, propongo, ante las fotografías de Belén Bianco, buscar entre el vocabulario de la música el que las describa. Entonces, para comenzar la indagación, propongo hablar de la habanera. Escribo y leo “habanera”, y se desliza un ritmo lento, una cadencia que tiene una anotación musical de compás  de dos por cuatro, el mismo del tango, pero en el caso de la música que nos recuerdan las fotos de Belén, mucho más lento, casi diríamos, susurrado apenas en el pentagrama. Dicen que casi cualquier música es plausible de ser bailada por una persona con gracia, pero la habanera es esencialmente una música para ser escuchada: como las fotos de Belén. Y digo “escuchada”, que no “oídas”. Ante estas tomas, hay que aplicar el oído, prestar la atención. Son fotos que susurran un ritmo de otros tiempos y podríamos atrevernos a imaginar de otro lugar. Pero no “otro” en función de la territorialidad, sino del sentido extenso del término. Nos cantan un ritmo; nos proponen un acompañamiento tímido con la punta de los dedos sobre la mesa. Es suave el ritmo de las fotos de Belén, como suaves son las tomas que procuran fijar instantes de una vida que tiene armonía, además de un compás diferente del que estamos acostumbrados a transitar en nuestra existencia.  Se enseña que la habanera propone un ritmo lento moderato; en otras palabras, lento sin llegar al extremo. Y además, para reforzar todavía más ese concepto, podría aclararse a quien tuviera que interpretar tal música, que si a la habanera se le diera un aire de allegro dejaría de ser tal, aunque tuviera con ella algunas solidaridades musicales; podría, incluso, parecerse a una rumba, pero no sería una habanera. Y es a habanera que me remiten las fotos de Belén. ¿Por qué? Quizá, porque en contraposición con la sociedad en que vivimos, estas fotos cantan un son de otros tiempos (en espacio y en concepto); mucho más lento, pero tal vez por eso, más humano. Las figuras se detienen en la acción; hay un tiempo para el coloquio sin prisa y, posiblemente, sin un objetivo preciso. Un estar, que “con eso ya tiene causa el día”. Pero, al igual que el pentagrama melódico de la habanera permite el lucimiento del canto, las fotos de Belén Bianco les dan la nota a los punctum, para que hablen y se destaquen las manos de una mujer, las miradas de un grupo, la espalda cargada de un hombre común, el gesto altivo de una mulata y la vitalidad natural del adolescente que, con aire de confianza, sale del mar.  Al final siempre vuelvo a las fotos de Cuba, nos confiesa Belén. Y agrega que como fotógrafa le ocurre con ese sitio una cuestión muy personal, como si entrara en un lugar completamente atemporal, con reglas diferentes, con miradas que miran diferentes, y también, con pieles que llevan la marca del pasado, de la libertad y del dolor. Habíamos adelantado que a las fotografías de Belén Bianco había que escucharlas, acompañarlas con la punta apenas de los dedos, tamborileando para nuestros adentros. Y ahora agregamos que luego de cantarlas íntimamente, deberíamos quitarnos nuestros zapatos de acero, para poder deslizarnos con gracia a través de aires más frescos. Una cuestión de piel que la joven y talentosa fotógrafa ha captado en dos dimensiones: la propia — como artista— y la de la gente de un pueblo —como protagonista de una sensible mirada fotográfica—.

Belén Bianco nació en Misiones hace (¡apenas!) 23 años. Vive en Buenos Aires desde 2008. Estudia y hace cine. Cursó la carrera de Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine e integró numerosos proyectos en los que cumplió la tarea de asistente de dirección y de producción. En función de directora, participó en tres cortometrajes: Emma,  Colores que giran y Mirame. En 2010 (con solo 20 años), dirigió su ópera prima, el largometraje No hay tierra sin mal (con el apoyo de la Universidad del Cine y la Provincia de Misiones). El 2011 marcó su ingreso a la televisión, y se desempeñó como productora y guionista de las series Así funcionan las cosas y Qué es ciencia (Ministerio de Ciencia de la Nación, Tecnópolis TV). En el mismo año culminó sus estudios como directora y, en la actualidad, está finalizando la carrera de Producción Cinematográfica y comienza el desarrollo de su próxima película, Salve. 

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