
En el Subte
Fotografías: Andrés Barrios
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
Dicen que Balvanera —como todo barrio que se precie de serio y fundador de tradiciones— tiene un fantasma: un ser sobrenatural que salva a los humanos de las tragedias urbanas. Mentan también, que a él deberíamos encomendarnos todos los que transitamos por las entrañas de Corrientes, rumbo al centro, en compañía de otros tantos apretados y sufridos ciudadanos, en el subte de la línea B. Es posible que para investigar sobre el origen de ese ser mítico que se pasea por Once, cuando la noche se apodera de la zona y se esconde detrás de los escaparates durante el día, haya que rastrear sobre otra huella más lejana aún, en este caso, del Golem. Lo cierto es que este gigante, que nadie ve —pero en quien todos deberíamos confiar si fuéramos conscientes de los múltiples peligros de nuestro medio de transporte público habitual, otrora, el más rápido—, seguramente debe también acompañar y proteger a los grupos musicales que —aguantándose todo tipo de dificultades— nos ofrecen su arte allí mismo, en el subte. Quizá porque la música tiene algo de talismán y de resguardo, y aunque no sepamos ciertamente por qué, la necesitamos, cuando los juglares aparecen, casi todos nos quedamos “prendidos” del retazo pentagramado que va de una estación a otra. Ese espacio y, tal vez menos que ese, es el que tuvo la cámara de Andrés para captar, justo, el momento del fraseo de un tango que bien podría ser Naranjo en flor. Hay un anhelo, quizá una aspiración de la imagen, de proponernos una boda entre la intimidad de la palabra y el gesto con el que quien la brinda se somete, en el mismo acto, a ella. La fotografía de Barrios logra, a través de las distintas tomas de la serie, captar la oración musical, la palabra y la nota, y el hilo espiritual que flota entre los músicos. Hay, finalmente, un tango que es cazado por la imagen en el instante mismo del murmullo. Se ha dicho que la fotografía, al ser un instrumento potente, puede también ejercer algo así como un facultad de despersonalización de nuestro vínculo con el mundo. En el sentido extremo contrario a este juicio, podríamos ubicar estas fotografías de Andrés Barrios, en las que logra que la declaración sentimental del tango se nos vuelva completamente íntima y entrañable, nuestra, en todas sus significaciones.




Andrés Barrios nació en el sur argentino, allá por el inicio de los cincuenta. En 1975, interrumpió su carrera de arquitectura y se fue a vivir a Castelnau-le-Lez (Francia). Cursó estudios antropológicos en la Universidad de Montpellier, y de fotografía en diferentes talleres. Como aficionado, fotografió la costa atlántica francesa (desde Bretaña hasta los Pirineos), mientras trabajaba como periodista extranjero para una publicación regional, en la que se desempeñó durante largos años. En sus visitas a la Argentina, registra episodios de la cotidianidad ciudadana.