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Iyá Kereré

Fotografías: Edurne de Lasúen

Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz

Agonizaba la Edad Media, cuando médicos, filósofos, teólogos y hombres de erudición se preguntaban cuáles eran las verdaderas causas de la inferioridad de la mujer. Aunque ya se llegaba al acuerdo de que no era un monstruo, el interrogante giraba en torno a la verdadera esencia femenina, para dilucidar y enmarcar el origen y el alcance de su profunda minusvalía. Finalmente, la pregunta más importante que deberían responderse era si, en efecto, era un auténtico ser humano. O, quizá, dicho de otra manera, si podía constituirse como tal, ese ser que padecía múltiples deficiencias, tanto psíquicas como físicas.

 Lo que nos deja la historia, por todos conocida,  es que durante períodos extensos, la mujer fue relegada, supeditada, humillada, dominada, y ocupó los lugares menores del estatus de ser humano. Sin embargo, vale recordar que el debate acerca de la condición de humanidad, o la falta de ella, no agotó su injusticia con el sexo femenino. Esta situación fue lamentablemente compartida con otros grupos, los esclavos, entre ellos.

Recorro las imágenes de Edurne y pienso en los africanos que fueron traídos en cautiverio,  en período de la Colonia, a nuestras tierras rioplatenses. Recuerdo también, cómo trataban de suavizarnos la información en nuestra escuela primaria, al enseñarnos que aquí, en el Virreinato del Río de la Plata, los negros eran tratados con afecto por sus amos. ¿Qué significaría “con afecto”? ¿Cuál sería (es) el sentimiento de quien tiene sobre otro un poder total? Rememoro también los actos escolares en que representábamos escenas de negritas pícaras, haciendo monerías, mientras acercaban una bandeja de pasteles a su ama. De negritos holgazanes, que se demoraban en traerle el mate al amo. Interesante manera de volver graciosa o banal frente a los niños una situación de ignominia y, al mismo tiempo, reforzar pensamientos nefastos en torno a una etnia sometida. Pero también, por suerte, recuerdo el sonido de las llamadas. El batir de los parches del Barrio Sur montevideano. Todavía puedo sentir en mi pecho el sonido de esas manos, renegridas y lastimadas,  “gritando” en las lonjas el dolor de tantos antepasados, y por qué no, el propio. Hablo de los negros uruguayos de los años sesenta, en las calles de su barrio con vientos de mar. Hablo de la música del dolor, mientras miro las imágenes de Edurne, que me evocan pensamientos en torno a la condición de los desvalidos del mundo y, por supuesto, de la mujer. Un cúmulo de ideas imbricadas en el plano de lo simbólico femenino, pero también —y diría, fundamentalmente—, de lo central del desgarro que produce el crecimiento humano, surgen  de estas fotografías. Asimismo, ponen en evidencia aquello de que hay tomas capaces de usurpar la realidad, en el sentido de que no solamente son testimonio de lo que existe, se ve y es, sino que constituyen un registro de lo que evocan; son capaces de mostrar huellas, vestigios, señales. Estos cuerpos femeninos, en clara compenetración con un instrumento que fue patrimonio de los afrouruguayos —y más tarde, permitido a los lubolos, pero siempre, potestad del hombre—, intentan (y lo logran) escapar de los dominios. Y no solamente conquistan la victoria de la libertad, sino que se atreven a ir más allá: se unen, a través del compás del candombe a los otros sometidos. Los convocan, en una suerte de llamada intemporal, a los negros que gritaban su humillación, y a las otras, las mujeres, supeditadas al poder de un hombre (padre, marido o hermano), por rubias y ricas que ellas fueran; a las sojuzgadas del mundo rosa (las reinas de la casa, pero no, de su persona), y a las mujeres de ahora (para que no lo olviden), a conformar juntos la más sólida y armoniosa de las cuerdas: la de la igualdad de derechos y la solidaridad humana.

Las fotos de Edurne se hacen música y memoria; sobre todo, canto, baile  y eco de lo que se rumoró en la privacidad de la vergüenza de quien debía humillarse para sobrevivir, de la mujer que debía expresar sus pensamientos con timidez, no vaya a ser que se dieran cuenta de que era inteligente y capaz (pienso, incluso, en Teresa de Ávila, al simular obediencia y humillarse ante los confesores).

Estas fotos tensan lonjas, hablan fuerte y no piden permiso. Imágenes de un Buenos Aires que bien podría ser Montevideo del otrora Barrio Sur; tomas que cobran la vigencia de lo que debe recordarse para poder continuar la lucha y el crecimiento.

         La mirada de la artista no se limita a registrar lo que ve, sino que lo redefine enérgicamente. Templa la trama de una historia que se cuenta de diferentes maneras, pero  en la que es imposible acallar a los protagonistas. 

Edurne de Lasúen nació en Buenos Aires, en 1981. Egresada de la carrera de Fotoperiodismo (ARGRAescuela),  cursa estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Realizó seminarios y talleres en el Instituto Universitario Nacional de Arte, en la Escuela Municipal de Danzas (CABA) y en el Instituto Municipal de Arte Fotográfico y Técnicas Audiovisuales (Avellaneda). En el área de la docencia fotográfica, se ha desempeñado en varios centros educativos (CABA) y en la Cátedra Fotografía y Sociedad (CABA). Llevó a cabo trabajos fotográficos de carácter documental, coberturas periodísticas y colaboraciones gráficas. Actualmente,  trabaja como fotógrafa independiente y docente. Entre los premios obtenidos en diferentes exposiciones, citamos: Primera mención en el Concurso Transparesencia, 2012. Subsecretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural (GCABA). Primera mención en el Premio Fotografía Monocromo. 15° Festival Internacional del Mercosur Diógenes Taborda, 2010.Tercer premio en la categoría blanco y negro. Salón Estímulo, 2004. Escuela de Arte Fotográfico de Avellaneda. Mención especial del jurado. Salón Estímulo, 2003. Escuela de Arte Fotográfico de Avellaneda. Mención. Concurso Cazadores de los barrios, 1999.Dirección General de la Juventud, Secretaría de Promoción Social (GCABA).

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