Variaciones


Fotografía: Héctor Sabarrós
El perfume se desvanece con el tiempo
San Agustin
El ropero de mamá tenía un perfume de lavanda que ella misma juntaba en el verano. Los ramitos secos eran envueltos en pañuelos de tela muy fina que cosía en sus extremos y en las tardes de lluvia guardaba en los estantes y en los rincones de las cajas. Pero también, en esas horas que seguramente eran de otoño, y mientras yo jugaba a su lado, organizaba la ropa, la “ropa blanca”, me decía, en preciosas pilas de admirable orden. “Aquí ponemos las sábanas y, ¿ves?, en estos otros, las toallas”. El afán del detalle de lo guardado y protegido por el perfume llegaba, para mi deleite y curiosidad, a las prendas del “ajuar”. Así se llamaba aquel blanco que lucía el bordado de las iniciales de ella más el apellido de mi padre: esas prendas habían constituido parte de la ropa que llevó mi madre al matrimonio, y las continuaba cuidando a lo largo de la vida como un tesoro.
Pasado tanto tiempo, supongo, como decía Agustín de Hipona, que el perfume de lavanda se ha desvanecido. Sin embargo, el tesoro blanco custodiado por mamá está tan intacto en mi memoria que me animaría a asegurar que continúa luciéndose en alguna parte, en donde se suceden esas tardes de otoño, en las que una joven mujer y su niña ordenaban la vida y la infancia, y la perfumaban de amor.
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz