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Obra:Josefina Madariaga
En la recreación de una obra de arte por medio de otra, habita siempre la respuesta de algún misterio. De la palabra al pincel, del aliento poético al trazo, la obra se afirma y se bifurca atendiendo los sentimientos del espectador, que crea a su vez un espectáculo diferente.
El dibujo y la acuarela de Josefina Madariaga, filigrana de sensibilidad, contestan a la voz eterna y profunda de Federico García Lorca, y plantean una alegoría del espacio y de los símbolos.
Romance de la luna, luna
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira
el niño la está mirando.
En el aire conmovido, mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
Te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinte se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela
El aire la está velando.
(Romancero gitano, Federico García Lorca)
La conversación
Sentados en ese banco, los muchachos no hablaban de ellos. Tan distanciadamente conversaban que no se permitían la autorreferencia ni mucho menos aludir al otro. Hablaban, en consecuencia, de otra gente, de otros temas, que se alejaban, todo lo posible, de algo que pudiera parecerse al nacimiento entre ellos de una escena siquiera afectuosa.
Sin embargo, si los hubiéramos podido ver hace un rato, nos habríamos dado cuenta de que la conversación era tan discreta y personal que solo podría haber sido mantenida por una pareja de amantes. Entonces, las palabras tenían dedos que rozaban el contorno de lo deseado, que tocaban apenas el murmullo del anhelo. El lenguaje se desvivía, en ese momento, en los vericuetos del amor.
Sentado en ese banco, el viejo reproduce una y diez veces, cientos de veces, fragmentos de miles de veces, las palabras que a suerte de puntos hilaba en un ayer de cincuenta años los términos de sus conversaciones de amor.
Y quien los observa no resiste la tentación de recurrir nuevamente a esa
lectura:
El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera
palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje
tiembla de deseo (…) el lenguaje goza tocándose a sí mismo; por otra parte,
envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo…
(Fragmentos de Un discurso amoroso, Roland Barthes)


Fotografía: Héctor Sabarrós
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz


