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Fotografía:  Héctor Sabarrós

Un autor difícil    

 

Este trabajo con el que me gano la vida me ha recompensado con algunas ventajas en medio de abundantes dificultades. Una de las prerrogativas es la de viajar. No me importa demasiado si la distancia es larga o corta, el solo hecho de cambiar de lugar, de olores, de texturas, me hace sentir nueva, única, original y hasta espontánea.

 

Apenas un bolso, una mochila, la notebook, las libretas, dos o tres cosas más, y el avión me dejará siempre en el punto exacto donde comienza la vida una vez más, y merecerá ser disfrutada como si recién naciera. Si el sitio tiene olor a mar y chillido de gaviotas sobre la playa desierta en los umbrales del otoño, entonces seré feliz. Mis traducciones se escaparán por las ventanas que dan sobre la rambla, y el trabajo se hará como si fuera un juego del que conociera todas las minucias, las idas y las vueltas, los encuentros y desencuentros. Un par de páginas más y ya estaré lista para salir a la cita con ese autor que me espera para confirmar que mi letra no estafa la suya, no se sobrepone ni la sobrepasa, no se ufana ni lo afana, ni la toma ni la mata. Ese “otro” que me espera para atestiguar que lo que hice con la palabra, en esa soledad “a medias”, soledad compartida con él a la distancia, es digno de su aprobación y de mis afanes.

 

El último hilito de nube se desvanecía en el contraluz del anochecer ventoso y frío cuando volví al hotel agotada por la prolongada reunión con quien debía aprobar el texto en el que estuve trabajando casi medio año. Subí contando uno a uno los viejos peldaños de la escalera que lleva al primer piso y entré en mi habitación. Dejé la campera y el bolso sobre la silla, y me dispuse a descansar. Imposible. Tendí la mano y me acerqué la notebook. La abrí y revisé si seguía teniendo buena conexión en todos los ambientes, tal como me lo habían prometido cuando reservé el hotel. Miré hipnotizada la señal y recibí un par de correos. Nada importante. Aburrida y malhumorada, decidí bajar nuevamente.

 Entonces, desandé los peldaños, atravesé un largo y espacioso corredor que hace las veces de sala de exposición de fotografías y  objetos antiguos de la industria hotelera, y me senté en un sillón de pana, en la cafetería del hotel.  Poco a poco los latidos de mi corazón comenzaron a acompasarse con el rumoroso sonido del mar: un autor imposible de traducir. 

 

Texto:  Rosa Teresita Dotta Ruiz

 

  

El hotel Rex era famoso porque allí se alojaban las compañías de cine cuando había alguna filmación en el pueblo.La amplitud de las calles, la densa arboleda, el imponente edificio de la municipalidad y, sobre todo, la amabilidad de su gente hacían de este pueblo un lugar muy atractivo para los cineastas. Hacía años que ya no era el lugar de veraneo elegido por las familias. La humedad y el descuido estaban adueñándose de los albergues.  Casi no había jóvenes. En el club social  ya no se organizaban campeonatos de paleta. Cada sábado a la tarde se juntaba en su salón de actosuna decena de personas para celebrar una misa. El pastor había venido como extra en una de las compañías y se había quedado, pero nadie creía que durara mucho tiempo más;  el pueblo había sido siempre muy católico y el cura tomaba mate cada tarde en una casa distinta, las familias competían silenciosamente por cuántos almuerzos domingueros compartía con ellos.

Al poco tiempo de inaugurarse, el Rex se había convertido en el hotel de lujo que elegían  los hacendados de los campos vecinos para sus vacaciones.  Fue uno de ellos el que trajo a una actriz, de paseo. Dicen que él puso plata para su primera película, se había enamorado y hacía cualquier cosa por complacerla.

En los últimos años solo se alojaban algunos viajantes de comercio que llegaban para  los cambios de temporada, pero cuando se veían los acolchados colgando de las ventanas abiertas y Don Raúl, el dueño, caminaba sonriente por la avenida principal, todos nos dábamos cuenta de que estaba por llegar una nueva compañía, que habría fiesta y entretenimiento por un tiempo. Los empleados del hotel eran los más felices. Don Raúl dejaba de rezongar, sonreía, conversaba con ellos, les aumentaba los sueldos, cambiaba la vajilla, prendía los letreros de la fachada y ponía música a toda hora.  No se le conocían parientes, no se había casado, nadie lo visitaba. Vivía en una de las habitaciones del primer piso. Nadie podía entrar, salvo una de las mucamas, una sola, la más discreta, que limpiaba  una vez por semana.  Cada junio armaba una pequeña valija, compraba libros y discos que pedía envueltos para regalo, cerraba el hotel y se iba por un mes. Un mes exacto.

El año pasado no volvió. Nadie supo a quién llamar ni dónde buscarlo. El hotel quedó cerrado porque los empleados nunca se animaron a entrar sin su permiso.

Hace unos días nos enteramos de que el chacarero que había financiado la primera película filmada en el pueblo había muerto. Dicen que de tristeza, la actriz de la que estaba enamorado y a la que había visitado durante años se había ido de su casa, sin avisarle, y con otro hombre.

 

Texto:  Silvina Sosa

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