

Texto: Silvina Sosa
Fotografía: Héctor Sabarrós
El otro
Los tres habían ensayado mucho esta escena. Los tres tenían ansiedad y, por qué no decirlo, también estaban un poco nerviosos. Los tres querían, pero ninguno podía empezar a hablar. Durante los años en los que no se habían visto, muchas veces les habían preguntado qué les había pasado, por qué se habían distanciado, pero ninguno tenía una explicación concreta. Solamente reflejaban un dolor profundo.
La tarde estaba tan clara y el mar tan calmo que alentaban la charla amena. Se distendieron un poco, hablaron de sus vidas actuales. Uno de ellos viajaba seguido por trabajo, otro se había mudado con su mujer a un pueblo chico, el más grande de los tres había empezado a pintar. Habían cambiado mucho, sí.
Recordaron amigos en común; vacaciones compartidas en la misma playa en la que estaban en ese momento; se rieron de anécdotas de la adolescencia. Mientras charlaban, pensaron que el paso de la vida había alivianado los rencores, que realmente se querían, que se habían extrañado.
Cuando caía el sol, luego de evitarlo mucho, pudieron hablar de Santiago, el cuarto, el que faltaba. Desde la última vez que lo vieron hasta que dejaron de hablarse habían pasado un par de años en los que los tres se habían culpado unos a otros, consciente e inconscientemente.
Ahora veían las cosas de otra manera, la decisión había sido suya, no habrían podido evitarla ni cambiarla. Discutieron, se emocionaron. Juntos, por fin, pudieron redimirlo y redimirse. Se abrazaron un buen rato. Intercambiaron teléfonos, cenarían juntos la próxima semana. Era de noche ya y cada uno caminó para su hotel, feliz.
Esa fue la última vez que se vieron.


Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
Fotografía: Héctor Sabarrós
Medianoche
Lo que recuerdo con mayor nitidez, como si los estuviera oyendo ahora mismo, son los pasos de él sobre los adoquines. Andábamos por ahí, caminando sin un rumbo fijo, semblanteándonos de a ratos, cada vez que uno decía cuál había sido la real causa por la que nos sentíamos tan ausentes, nosotros que, según los comentarios de todo el mundo, habíamos nacido para ser felices para siempre. Mirá, en verdad, la que decía era yo, y cambiaba cada dos por tres de causa, de idea y hasta de ánimo. Él solo caminaba a mi lado. Y para serte sincera, no sé si estaba completamente ahí, conmigo, o era algo así como una armazón humana con la energía suficiente como para replicar sobre los adoquines. Tal vez él ya se había ido mucho más lejos de lo que yo creía. Y si me apurás, te diría que la única prueba de que sí estaba a mi lado, cuando el aburrimiento comenzó a ganarme y le dije que el frío me estaba calando y quería regresar al hotel, fue esta foto que tomó justo en el momento en que habíamos decidido volvernos.
En la cama, tras todos los comentarios que yo le había hecho sobre nuestra relación, el ocaso del amor, la opacidad del vínculo y su mutismo eterno, concluyó: “Me parece que logré captar el punctum”. Me di vuelta y me dormí, porque te aseguro que podré competir con otra mujer convencida de ganarle, pero con la cámara, nunca.


Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
Fotografía: Héctor Sabarrós
Sofá de verano
Una ligera molestia en el hombro hizo que Federico detuviera la marcha que había comenzado una media hora antes. En verdad, un trote moderado sobre la arena apenas húmeda que alfombraba la playa a esa hora de la mañana venía a terminar justo ahí, por ese tirón cerca de la clavícula. Hizo algún ejercicio para tratar de aflojar un poco los músculos en tensión y, como quien mira sin ver, paseó su mirada hacia el espacio de playa que debía recorrer para ganar la rambla y dirigirse a la casa y ver qué resolvía hacer con esa sensación, ahora definitivamente dolorosa, que le había empezado a aquejar hacía apenas un rato. Y allí lo vio. Por un rato, casi desapareció la molestia mientras pensaba que tendría que hacer todo rápido: trotar hasta la casa, decidirse a pasar por una farmacia o quizá ir hasta la salita de primeros auxilios de la playa, y volver con la cámara antes de que la luz del mediodía estropeara la toma que ya estaban haciendo sus ojos y su cabeza.
Recuerda que alguien alguna vez le dijo que no hay nada más muerto que un amor muerto, o “un verano muerto”, pensó ahora. Ese duchero, que es solo un ganchito sobre un palo torcido y desvencijado, no quitará más la arena dorada de los menudos pies de la mujer de trenzas africanas que lo tuvo a mal traer la temporada pasada; el deck de madera es casi un muerto que ni se resiste ni sufre, mientras es sepultado de a poco; y el sofá, ¿qué decir de ese sofá azul sobre el que se juraron que no dejarían que la vuelta a la ciudad y a las ocupaciones los hiciera olvidar de la noche en la que el rumor del mar apenas disimulaba el jadeo al unísono, mientras una música de jazz, dulzona y acongojada, les llegaba como desde muy lejos?
El dolor reaparecía, insistente, en tanto oprimía el obturador de su cámara una y otra vez, pensando en el sofá azul, ya muy desteñido a fuerza de agua, salitre y sol. “Una más y le gano a la luz cenital”, pensó, y la puntada pasaba y volvía. Casi como el verano y el recuerdo.


Texto y Fotografía:
Héctor Sabarrós
La Revista
Todo fue tan repentino y horroroso, que no lo podíamos creer. Sin embargo, si uno lo piensa bien, estas acciones siniestras tienen casi siempre la impronta de la espectacularidad y logran pasmar la vida de los ciudadanos transformando la cotidianidad en un espacio de terror, mientras se desangran los sentimientos. Era imposible concebir que esa mezcla de ignorancia, salvajismo y brutalidad lograra, una vez más, arrebatar la vida: destruirla. Pensábamos, con pesimismo, cómo era posible que más de doscientos años de existencia republicana no fueran capaces de contener el impulso bestial del fanatismo.
Hacía varios días que no nos veíamos ni nos hablábamos, cada uno en lo suyo, estábamos muy ocupados. Entonces, con una llamada telefónica convenimos reunirnos en algún café cerca del Palais Royal, y nos citamos en ese lugar que tanto nos gusta, la Galeria Vivienne.
Como aún tenía tiempo para llegar al encuentro, caminé desde el Hotel du Lion (allí muy cerca de la Plaza Denfert Rochereau), primero, por el boulevard homónimo y luego, por el Saint Michel hasta llegar a ese punto de reunión en que se convierte a ciertas horas la fuente de Saint Michel. Estuve un rato mirando la gente y el ritual de los saludos, luego crucé el puente y atravesé la isla, y continué paseando por los jardines del Palais Royal hasta alcanzar la galería.
Cuando llegué a destino, sorprendí a mi hijo de espaldas y le tomé la fotografía: estaba absorto mirando la vidriera de la librería F. Jousseaume. Y juntos no podíamos creer lo que el azar nos tenía reservado para ese momento: colgado de la estantería, entre viejos libros, un antiguo número de Charlie Hebdo.