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Sevilla

 

 

 

 

 

 

 

 

Diez, veinte, treinta y cuatro niveles de ascensión para llegar a la sevillana ventana del cielo. Desde allí, la ciudad a la que hace pocas horas arribamos, con el cuerpo liviano y el ánimo henchido, simula  una pintura deslumbrante. Instalados en ese espacio que durante siglos fue la torre más alta de España, nos dijimos que el jadeo irrefrenable a causa del esfuerzo por subir los 98,5 m de altura del campanario de la Catedral de Santa María de la Sede era solo el comienzo del júbilo visual: para siempre tendríamos con nosotros el lechoso blancor del caserío, las religiosas cúpulas, los romanos murallones. Sobre nuestras cabezas, el Giraldillo (la escultura de bronce más grande del Renacimiento europeo), debajo de nosotros, una ciudad riente, sonora, mórbida. A lo lejos, seductor y romántico, el Guadalquivir.

 

 

 

 

(En bastardilla, incrustaciones de textos de Mujica Lainez)

Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronces, y sin mudarse de un lugar es la más movible y voltaria mujer del mundo.

 

                                                               Miguel de Cervantes Saavedra

Texto:  Rosa Teresita Dotta Ruiz

Fotografía:  Héctor Sabarrós

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