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Texto:  Silvina Sosa

Fotografía:  Hector Sabarrós

Última estrofa

 

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Antonio Machado

 

     Cuando escuchaba los pasos de mi abuela Margarita, que se levantaba de su sillón de mimbre y caminaba hasta la cocina, se me hacía agua la boca. El pan con manteca y azúcar que nos preparaba era el manjar más esperado de mis tardes de infancia. Corríamos con mi hermana a sentarnos a la mesa, en el banco de madera que mi papá guarda con tanto cariño, y, desde ahí con las manitos apoyadas en el hule, la mirábamos servirnos el té y dos rodajas de pan para cada una.

     Vivíamos en una casa que tenía una galería y un largo corredor cubierto en el que confluían las habitaciones. Por esos años, yo creía que todas las casas eran parecidas. Al lado vivían Raquel y Pedro con sus dos hijos, que eran nuestros amigos y con los que jugábamos casi todas las tardes. Su casa era igual a la nuestra,  tenía la misma forma, pero en sentido inverso, era como si en la medianera hubieran puesto un espejo que la replicaba.

  Las puertas de calle parecían iguales, no obstante, eran distintas. La nuestra era la  “sencilla”, como decía mi mamá. —A mí me gusta más así, sobria —aclaraba cuando alguien que nos visitaba por primera vez  hacía algún comentario sobre esa mínima alteración en la simetría de las dos casas.

   En el fondo teníamos una parra; los vecinos, una glicina. A mediados de septiembre las flores lilas comenzaban a perfumar los dos patios. En febrero, cuando se terminaban, el aroma de las uvas invadía la atmósfera familiar. Por la medianera, entre las flores, nos asomábamos con Marisa para preguntarle a Raquel si podíamos ir a la Pelopincho con los chicos.

  

  En invierno, Ceci y Pablito golpeaban el vidrio del balcón que compartíamos  —Tíííaa, ¿podemos ir a jugar?—.  Al mediar la tarde, la abuela preparaba cuatro tés en vez de dos, y las caras sucias de azúcar, a cada lado del espejo imaginario, volvían a completar la simetría.

   Una mañana, Pedro y mi papá trajeron un olmo chiquito. Dijeron que desde ese día tendríamos un tesoro en común.  Lo plantaron en la vereda. Todos estábamos encargados de su cuidado.  Se convirtió en la sombra de nuestro balcón y en el símbolo de nuestra amistad.

 

    Mis viejos se mudaron un año después que Raquel y Pedro. La casa les había quedado grande, igual que a ellos.  Aunque ya no somos vecinos, las dos familias seguimos siendo muy amigas y festejamos juntas el comienzo de cada año.  Ahora somos muchos más, claro.

   Los nuevos dueños de la casa de mi infancia dicen que la culpa de que el olmo se haya secado es de la municipalidad que hizo una vereda y le dejó un cantero muy chico. Yo no estoy convencida de que haya sido eso, creo que no está seco, solo está esperando a que cumpla mi sueño de volver a vivir en una casa con galería y de tener un sillón de mimbre.

Vivo cerca y cada tanto paso por la vereda. En primavera intento hacerlo más seguido, porque no hay muchos lugares en la ciudad donde se huela el perfume de las glicinas. Camino despacio y voy, casi sin darme cuenta, repitiendo en voz baja  la última estrofa de un poema de Machado.

Silvina Sosa es analista de sistemas y correctora literaria.

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