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   Perdido

Texto     Rosa Teresita Dotta Ruiz​

​Foto     Héctor Sabarrós​

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                                                                                                I
Mucha vereda, demasiada desolación, tanta pesadumbre para un solo hombre que, recogido sobre sí mismo y envuelto en una campera de plástico verde metalizado, parece devenir en envoltorio de materia desechable. Sin embargo, aunque sentado en la vereda, los pies desmienten toda inercia y las venas sobresalientes presagian la marcha cercana. Huérfano de su mirada, me detengo en el centro mismo de la cabeza que guarda un pensamiento al que no puedo acceder con mi cámara. El yuyo verde que asoma desde el intersticio abierto en el cemento gris, una fracción metálica del quiosco de diarios y un par de chinelas viejas quedan justo detrás del límite, de la unión, de la separación entre el individuo y las cosas.


                                                                                               II
El verano acechaba con múltiples lenguas de fuego encendidas, y él sintió que la cabeza  se le abriría en cualquier momento y por cada orificio saldría un chorro de cerveza. No sabía cuánto había caminado desde aquel boliche y luego desde la plaza en que habían seguido el brindis de fin de año, pero sintió que sus fuerzas huyeron de él y se fueron por la calle; entonces, se sentó despacio en la vereda. Antes, tiró las chancletas que le pesaban como grillos.



 

                                                                                              III
La conversación languidecía y hasta más de uno se aburrió, y se fue a dormir. El tema parecía agotado. “Estoy harto de escuchar eso de la gente en situación de calle—dijo Ramiro—; antes se los llamaba  vagabundos”. Pero alguien aclaró, acertadamente, que existe una diferencia entre estos y aquellos. Entonces surgió la idea: le pedí a Mariano que se pusiera una campera de plástico, de esas que parecen tener el color verde metalizado de las bolsas de residuos, y un pantalón corto. Luego bajara a la calle y se sentara en la vereda, justo debajo del balcón, al lado del quiosco de diarios, y tirara las ojotas a un costado. Desde arriba, yo hice lo de siempre.


                                                                                             IV
Todos sabemos, o mejor aún, no es misterio para nadie, que la fotografía sirve para reconocer lugares, identificar personas, recrear situaciones, captar sucesos, contemplar aquello de lo que no pudimos ser testigos presenci​ales y una gran cantidad de usos que se pierden ahora en este detalle. A lo largo de la historia ha servido y sirve para agregar a legajos oficiales y extraoficiales, cumplimentar pruebas o fortalecerlas, negar hechos, acreditar otros, entristecernos la tarde, alegrarnos la vida, etc. La fotografía puede, según hemos escuchado, plasmar aquello que centellea donde el mundo de las palabras desaparece; puede decirnos algo que apenas imaginábamos; confiarnos algún secreto; despojarnos de tapujos; conmovernos… Es capaz de contarnos realidades y mentirnos, con la mejor sonrisa. Es una bruja o un hada, y ambas, al mismo tiempo.​

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