
Necrópolis
Texto: Silvina Sosa
Fotografías: Nacho Cirio
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor.
Jorge Luis Borges
Dicen que los cementerios son las ciudades donde viven los muertos. Para los católicos, son las habitaciones en las que dormirán esperando su resurrección. Para todos, son el lugar donde el pasado descansa, o debería descansar, en paz.
Cualquiera sea nuestra creencia, es indiscutible que las necrópolis manifiestan la estructura social, el pensamiento y los valores de la ciudad de “vivos” a la que pertenecen. Son parte ineludible de la memoria urbana y de la identidad de su pueblo.
Las fotos de Nacho son de Irlanda del Sur. Mirándolas, se puede deducir la calma que predominaba en cada pueblo, la amabilidad de sus habitantes, el respeto por la memoria de sus muertos y, paradójicamente, por la vida de todos.
En cada uno de los pueblos que visitaba, el cementerio se presentaba en el parque de la iglesia; en el parque de la que fue una abadía, ahora, en ruinas; o al costado de una ruta, interrumpiendo con sus cruces de piedra un campo de color verde intenso. En algunos encontró al jardinero cortando el pasto y acercándoles lo que juntaba a las vacas que pastaban al lado. En todos, se adivinaba que las tumbas habían sido visitadas hacía muy poco. Eran tumbas identificadas con una lápida, una cruz católica o una cruz celta, con leyendas inscriptas en la piedra o en el mármol y con flores bajas.
Lejos de las exclamaciones de poder, de la rentabilidad de los negocios inmobiliarios y de la
fragmentación social que puede identificarse en los cementerios públicos y privados de nuestro país, los cementerios de Irlanda parecen una confirmación de veracidad de un lugar común: la muerte finalmente nos igualará.









