
Villa Epecuén
Fotografías y texto:
Adrián Muiño
Sobre luces y sombras
El motivo de estas fotos no ha sido ni un lugar, ni un destino, ni un paisaje. Ellos fueron, en todo caso, la excusa, el soporte. Lo que intenté capturar fue la luz. O debería decir las luces y, como infalible destino, sus sombras.
Para apresar intacta la mariposa del atardecer se necesita un fantasma o, al menos, un espejo donde depositar intacto su color. En Epecuén, la retirada de esas aguas, que plateadas en un principio se mostraron letales en un final, ha dejado estos dos elementos esparcidos por doquier.
Cielo, nubes, reflejos y colores, todo ha sido un obvio regalo que Epecuén me dio. Un regalo inesperado luego de un día gris y anodino, pero regalo al fin, y por lo tanto, es algo sobre lo que no puedo reclamar participación alguna.
Elegir qué fotografiar también fue simple: su presencia inundaba mis ojos. Lo que requirió mayor temple fue decidir dónde estar y cuánto esperar. Esperar el instante en que la luz me hablase. Esperar sabiendo que esa foto devoraba infinitos destinos con infinitas fotos que ya no podrán existir.
Inmóvil allí, aguardando, el transcurrir fue una sensación tangible, potente y constante. Sobrevino poco antes que la noche y se fue con ella. El vértigo del sol que caía sobre el horizonte y una quietud empapada de color. Ver pasar el tiempo teñido de amarillo, de naranja, de furia, antes de ser todos azules; cerrar los ojos y abrir los oídos a los sonidos que solo la noche sabe susurrar.
Verán aquí el destino que decidí fotografiar. Les propongo a ustedes imaginar los infinitos destinos que no fueron entre las luces y las sombras de Epecuén.
Epecuén, 2014






