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Bicis del mundo

Fotografías:
Héctor Sabarrós
Texto:
Rosa Teresita Dotta Ruiz
 

Historias de la primera mañana

 

La bicicleta es un vehículo movido por el deseo, cuyo motor son los sueños.

                                                                                                                                                   Eloy Tizón

 

 

A veces, la traían los Reyes Magos; otras, constituían la herencia obligada de los primos o los hermanos mayores. También, podía ser el premio por haber atravesado, sin mayores caprichos y de manera razonable, una de las tantas eruptivas de la primera infancia. Pero siempre, inexorablemente, era el símbolo tangible de la iniciación: solo éramos verdaderos niños cuando recibíamos nuestra primera bicicleta y lográbamos mantenernos montados en el asiento, en equilibrio, y doblar, sin tener que bajarnos de ella  y acomodarla a la nueva dirección. Esto debía ocurrir alrededor de los ocho o nueve años. Si no era posible, seguro que la frustración daba lugar a enormes preocupaciones, propias y ajenas. Somos varios (y varias) quienes portamos las cicatrices de los accidentes como consecuencia de las pruebas a las que nos sometíamos con tal de lograr el tan ansiado equilibrio sobre el querido vehículo, a corta edad y con desmesuradas pretensiones. Luego, la vereda nos quedaba chica, y la calle era solo el principio del mundo. ¿Qué significaba el mundo, entonces? No lo sabíamos; tal vez, ni lo pensábamos. Solo sentíamos que era tan vasto, tan ilimitado como nuestra propia existencia. Quizá por eso de su infinitud, cuando escribíamos cartas para alguien que vivía en otra ciudad, por ejemplo para la prima querida, nos gustaba detallar en el remitente, no solo la calle, el número, la ciudad y el país, sino, que “dejábamos bien en claro… en qué continente quedaba la nación. Luego, al final de toda la lista, escribíamos con letras grandes: Planeta Tierra. No fuera a suceder que el cartero se equivocara de galaxia”. Y a esa inmensidad ingresábamos, pedaleo mediante, con nuestra bicicleta, en aquellas tardes de la primera vida, que hubo otras y otras y otras nos lo fue confirmado mucho después. O porque “como quienes toman parte en el juego de la oca, nos fuimos alejando de nuestra casilla inicial”.

Por eso le pedimos a Héctor Sabarrós su serie de bicis, la que fue aumentando a través de distintas épocas, ciudades y estilos. Para volver a sentir que el mundo es inmenso y nuestro. Y porque todavía nos preguntamos cómo llegamos hasta aquí y si todavía hay posibilidad de reiniciar los juegos.      

                                               (Incrustaciones de Obabakoak, de Atxaga)

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