
Sin embargo
Fotografías: Ignacio Cirio
Texto: Silvina Sosa
Sin embargo
Hernán Rivera Letelier
Como cada día, el perro, echado sobre los casilleros que guardan los abrigos de los obreros, espera a que caiga la tarde para volver a casa. Lo despiertan la llegada del camión con los mineros y el aleteo de los pelícanos que sobrevuelan el muelle cuando comienza la faena de la pesca. Terminada la venta, acomodados los botes y las redes, todos emprenden el regreso. El calor aún no cede, pero deben llevar al hombro la campera que no podrá faltar la madrugada siguiente para soportar el frío helado del desierto.
Atraviesan el barrio de los pescadores. La ropa colgada y el olor del pan amasado son los únicos indicios de que en ese pueblo de casas de colores, instaladas sobre la playa, vive alguien. A medida que avanzan hacia el este, el paisaje cambia, pero la fisonomía de sus hogares delata la misma precariedad, la misma miseria, la misma disponibilidad para juntar los trastos y mudarse en cuanto cierren la mina o la pesquera.
Las paredes agrietadas por la sequedad del clima, las chapas que ya no soportan los cambios de temperatura y las ventanas blanqueadas por la sal cuestionan la hospitalidad de la pampa. Sin embargo, la tradición familiar hizo que el desierto se arraigara tanto en sus almas que no imaginan la vida sin la piel curtida y la sal impregnada en sus pulmones. La indiferencia de esa ciudad que recibe la paradójica riqueza de la pampa no consigue perturbar la emoción de tener tan cerca las estrellas.
Como esas infalibles creencias de la pampa antigua que decían que ser cruzado por la sombra helada de un jote era anuncio de muerte, o que atarse los calamorros con alambre de tronadura servía puramente para llamar
miseria o condenarse a vivir a perpetuidad en la pampa. Cosa que al final, claro, venía siendo lo mismo.















