
Aire de familia
Fotografías: Belén Bianco
Texto: Rosa Dotta Ruiz
Aire de familia
Una mujer en el centro de múltiples ramos de flores. Apenas asoma su perfil; el color de su piel y los rasgos aindiados revelan un aire del Altiplano. De mirada fija y atenta en un manojo de diminutas flores blancas, no accede a la atención fotográfica. Sigue ahí, en su oficio, entre el perfume de las rosas y de los claveles. En su mundo, al que le dedicará la mayor parte del día y el que a su vez le permitirá, quizá, ponerse al hombro una familia. Una trabajadora en el centro de su labor, de su vida. En este fotorreportaje de Belén, claramente asoma un aire de familia femenino; hay portes, aspectos que se escabullen y se esconden detrás de razones étnicas, pero aparecen a través de gestos, vivencias y el trabajo de las mujeres. Empecinadamente queremos conocer sus ojos, como si no fuera cierto eso de la eternización del instante fotográfico y pudiéramos, en algún momento, descubrirlas mirándonos, dándonos interés. No obstante, sus ojos son reserva pura. Inexpugnables, guardarán —aun los de la anciana de sombrero blanco— su existencia, que no se cruzará con la mirada de Belén (y por tanto, con la nuestra). La fotógrafa —a quien ya conocemos a partir de “Habanera”— se mantiene en una búsqueda estética que no es profanadora (artísticamente hablando), sino tolerante, respetuosa. Se acerca con la lentitud de quien tiene todo el tiempo para hacer lo que sabe hacer, su arte, porque está en sintonía con los lugares y con la vida que en ellos transcurre. Así, en la entrega del número anterior de Clic, su cámara transitó, casi como una habitante más, momentos y situaciones a los que podríamos calificar como representativos de un contexto determinado y, por eso mismo, naturales de la misma realidad, temporal y geográfica, en que se daban. En este “aire de familia” étnico y mujeril, parecería que, a semejanza de las fotos de Cuba, la gente también está ahí, en “su” lugar preciso. Aquí, un hilo conduce a través del trabajo femenino en un mercado, figurativo de todas las ferias pueblerinas. Y sus modelos son mujeres que, ajenas al foco de la cámara, se constituyen en prístina marca de un oficio.
Y nosotros, sus espectadores, una y otra vez, ansiosos, nos preguntamos por los misterios de esas miradas ocultas. ¿Los hay? Quizá. Siempre los hubo y los habrá, en todas las culturas, en todos los pueblos y en prácticamente todos los seres humanos. No obstante, cabría preguntarse si Belén va tras ellos en estas tomas. Se nos ocurre apostar que no. La artista observa lo típico. Lo registra y, para hacerlo, su mirada se pierde (y se centra) en la naturalidad. Es posible que esa sea la razón por la cual a nuestra ansiedad por tratar de captar la mirada de la gente, se oponga la evidencia de una lente que se limita al registro del momento. ¿Qué otra cosa se necesita para, incluso, percibir, a través de las imágenes, el fuerte olor de los alimentos o el embriagante perfume de las flores, el acre gusto de la carne fresca y hasta su impresionante presencia natural? Entonces, nos explicamos el porqué las fotos de Belén nos acercan gentes y pueblos que sencillamente “están ahí”, como si se hallaran a la espera de la toma, y sin embargo, ajenos totalmente al hecho de la fotografía. Será porque Belén no invade, sino que se desliza (como en “Habanera”) sutilmente. Indaga y capta lo típico, y resguarda, como una integrante más de la comunidad, el secreto, si lo hubiera. Entonces, el hecho de no “tener” las miradas de esas mujeres no parece una marca de ingenuidad de parte de la fotógrafa: Belén nos abre el telón de una historia para que observemos un mundo cotidiano en donde nadie está forzado frente a la cámara, porque esta es el registro agudo de la humana realidad. Mostrar la gente del mundo, sin estridencias y con todos sus tonos, y melodías, parece ser el propósito de la cámara en las manos de la artista. Solo y tanto como eso. Un talento que tiene la vida para crecer y se permite firmar un compromiso profesional y afectivo con la naturalidad. En tanto, nosotros, conscientes de lo necesarios que son los pilares del pensamiento fotográfico atrapados en las páginas de Sontag, apelamos a una frase de Robert Frank, que ella cita: “Hay algo que la fotografía debe contener, la humanidad del momento”.



