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Los mundos de Marosa

 

Reportaje Fotográfico de
Héctor Mario Sabarrós Souto
Texto Rosa Teresita Dotta Ruiz

 

Los mundos de Marosa

   Es muy difícil circunscribir claramente el objetivo de un ensayo fotográfico, dado que, la mayoría de las veces, la meta trazada al principio se corre tras otros límites que aparecen, no bien comienza a desarrollarse el trabajo. Sin embargo, si tuviera que fijar el motivo primigenio de este fotorreportaje y, quizá, por esa condición, el elegido para definir este trabajo, diría que es el de bucear en las imágenes literarias de Marosa di Giorgio, en su obra Los papeles salvajes, a fin de encontrar el espíritu de esa Toscana que la poeta vislumbra detrás de las historias de sus antepasados italianos, pobladores, como la mayoría de sus coterráneos, de las quintas que formaron el anillo agrícola del Salto Oriental. Y camino por la Toscana, constatar, junto a mi mujer, el espíritu de Marosa y el recuerdo de Salto. Quizá hubo una mirada sesgada que quiso registrar no tanto las similitudes, sino la esencia; aquello que como lectores de la escritora fuimos recreando. Tomando como eje del relato fotográfico el elemento “casa”, pretendimos captar más que la arquitectura, el aire del lugar, tanto en Salto como en la Toscana. Por lo tanto, no hubo, en este caso, una búsqueda histórica del estilo de las edificaciones, sino una indagación acerca de los motivos que conforman el universo de la casa y el cúmulo de sentimientos literarios que en ella habitan. 

Se llama Marosa y es poeta

  Una bella y pequeña ciudad del litoral uruguayo se despabilaba, apenas, de una modorra pueblerina, allá por los comienzos de los sesenta, cuando de niña y de la mano de mi madre, entraba en el Sorocabana, entonces, confitería y café emblemático de Salto. Allí, presidiendo una mesa con otros contertulios, una mujer de pelo largo y ensortijado, con un solero blanco, intercambiaba, circunspecta y cordial, el saludo. Una escena insignificante, que ocurre en cualquier lugar del mundo y en casi todos los tiempos. Un motivo fútil de recuerdo, siempre y cuando no encarne, para una persona, el primer encuentro con la figura real de una poeta. Entonces, la materia de la memoria se dibuja y desdibuja múltiples veces hasta que se forma una escena que, seguramente, no responde a la fidelidad de la real y acaecida, sino a una mucho más íntima e íntegra: la imagen de un recuerdo propio. En esa evocación, puedo situarme, pequeña, acompañando a mi madre, quien seguramente lucía un trajecito sastre y llevaba, primorosa, su cabello corto y cuidado —como indicaba la moda para una señora de su edad (que ya pasaba largamente los treinta)—, y estaba Marosa di Giorgio, cual princesa exótica, una sacerdotisa sin años y sin modas. Sin límites, quizá hubiese podido pensar yo, si hubiera tenido la posibilidad de entender qué significaban esos márgenes convencionales, con mis pocos años. Pero algo que ya no escapaba a mi criterio, algo que habrá estado en el sentido de lo no normado, me hizo preguntar a mi madre quién era ella. Porque lo que sí recuerdo era mi sorpresa ante esa imagen vaporosa (y es muy interesante reparar en cómo este tipo de impresiones permanecen estrechamente ligadas al sentimiento aquel: había un aire de transparencia y de organdí en esa figura; una estampa femenina que,  al mismo tiempo de ser real, se alejaba de ese registro; una suerte de hada, de figura de cuentos, que flotaba y se escabullía, y sin embargo, permanecía casi estática en la silla frente a la mesa redonda y oscura). La respuesta materna selló un mensaje que descifraría hondamente muchísimos años después, pero marcó fuerte mis caminos: “Se llama Marosa y es poeta”. La respuesta hubiera podido ser dada en términos prosaicos, por ejemplo,  que esa señora a la que ella había saludado cortésmente trabajaba en la oficina municipal de la ciudad. Y hubiera dicho también una verdad, porque, por entonces, Marosa cumplía juiciosamente sus horas administrativas, su tiempo laboral, para ir luego, vaya a saber una con cuánta necesidad, a hacer aquello para lo que había nacido: escribir. Pero mi madre eligió contestarme, según su propio juicio de importancia: para ella, Marosa era poeta. De las dos verdades, mi madre eligió la única que tenía verdadera razón de ser para el universo de sus sentimientos. Y hubo en esa frase una profunda admiración y un significativo respeto. Hubo, para usar paralelismos, para la niña que fui, una validación materna en torno a todo aquello relacionado con el arte.  Intuí primero y supe después que, para mí, por ahí pasaría la vida, sin importar cuáles eran o habrían de ser los otros mandatos.  

  Ya en la década de los setenta, Marosa se había convertido en Montevideo en una figura importante de la escena literaria uruguaya, pero lo fundamental residía en que ya se había escapado (y no es hueco el uso de este verbo) de los límites impuestos por la territorialidad de los juicios. Comenzaba a proponerse como una de las letras más singulares y potentes de América.    Hoy, se constituye en una de las poetas de habla hispana citada con extraordinaria frecuencia por los críticos literarios, en tanto se exploran perspectivas  y contextos culturales, geográficos, etc., vinculados a ese universo del que parten sus letras. Sin embargo, toda su obra no hace otra cosa que contar cómo era su tierra, su casa y su huerto. Porfiada y empecinadamente, vuelve una y otra vez a aquellas flores y aquellos lugares salteños. Ella, la poeta citadina, la escritora a la que se podría describir y pintar frente a una mesa de café —si no fuera porque casi todos los cafés han sido despojados de sus almas en los últimos tiempos—, curiosamente se rodea con su pluma de plantas, colores y perfumes de la chacra, de una existencia plena de sexo mítico. Y se arma y se recrea en la casa natal. En el peregrinaje de la creación, en la búsqueda incansable y permanente de Dios, la poeta vuelve a su Salto y desde allí va formando el encordado que fusiona ese mundo natal con el de sus antepasados en la Toscana. Su pluma no tiene límites (de ahí que permanentemente “se escape”), porque se ha propuesto, a través de toda su obra (y de su vida, nos animamos a decir), contarnos una historia verdadera sobre la creación de una verdad inventada para que la secunde y experimente, junto con ella, la ceremonia inicial de la vida.

  De esta, de la evidencia vital imaginada en Los papeles salvajes, de Marosa di Giorgio, tal vez trate este ensayo fotográfico, en que Héctor registra con su cámara (en tanto lector e intérprete marosiano) los lugares posibles a los que se refiere la escritora en su devenir poético. El interés por captar el sentimiento del texto marosiano ha sido siempre primordial en este caso, en la tarea fotográfica. En consecuencia, al entender que el mundo de los sentidos y de los afectos se ha refugiado en la obra de Marosa di Giorgio en el concepto de “casa”, y que esta edificación de palabras y de gestos puede tener un correlato físico y arquitectónico en Salto  y en la Toscana, Héctor  transitó ambos espacios (el uruguayo y el italiano) en la búsqueda de las evidencias de una obra literaria tan singular como entrañable, tan uruguaya como internacional. En otras palabras, ha salido a fotografiar quizá lo imposible: el duende del que hablaba Lorca o la obra de una druida como Marosa. Ha intentado fotografiar el perfume de la Toscana y el de los paraísos de Salto; el aroma de la propia infancia y el olor a la tierra mojada de un pueblo. Héctor ha querido redescubrir una ciudad perdida allá en su adolescencia (y en la mía) y una tierra más lejana, silenciada detrás del mar y las montañas, de antepasados y recuerdos. Ha tratado de crear con su cámara una mirada estética de varias realidades: algunas verdaderas y otras, inventadas.

  Y yo acompañé la dulce indagación por los alrededores de la ciudad uruguaya —en una primavera que coronaba azahares— y por la Toscana —entre  el aroma de la albahaca y la blancura de las coronitas de novia—, con el recuerdo amoroso de la frase de mi madre y Los papeles salvajes de Marosa.

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