Poligrafía
Perplexus
Por Rosa Teresita Dotta Ruiz
Es posible estar confundido de múltiples maneras, seguramente. Sin embargo, no debe de haber mayor perplejidad que la sufrida frente a las cosas cotidianas cuando dejan de ser los puntos de referencia habituales para convertirse en meandros, recovecos en los que se puede caer y desde allí deslizarse hacia cualquier parte. Entonces, qué nos queda por hacer sino refugiarnos en nosotros mismos, en un silencio inacabable e imposible de eludir. Es posible que sea en esos momentos en que el mundo se transforme en un lugar cuyas comunicaciones nos sean vedadas. Introvertidos, trataremos acaso de buscar la propia esencia o el misterio que nos pertenece por entero. Replegados, procuraremos develar lo no dicho, lo que no puede decirse. Haremos, quizá, como la violeta, que, según nos contaban nuestras madres que les contaban sus madres, se escondía así porque era modesta. Por suerte, después nos enteramos de que en verdad, la violeta nombra suavidades que no se pueden decir públicamente, y que no es modesta sino que busca el silencio y la soledad, y se mete detrás del verde, y de sí misma, para poder captar su propio secreto. Solo llegados a ese punto de entendimiento con la violeta (a esto lo supimos después ), podremos ir abriendo los ojos levemente y saliendo del silencio, del meandro, de las líneas en círculo del espiral asfixiante, y miraremos como si nunca nos hubiesen extrañado las cosas cotidianas que, por su parte, volverán a hacernos señas y señales, y serán los puntos de referencia habituales desde los que, como si nada hubiera pasado, saltaremos una vez más a la palabra.
Perígrafe
Por Alfredo Kopf
Me invitan a escribir sobre mis fotos. Se suceden varios intentos, todos insatisfactorios. Llegado a un punto, me doy cuenta de que esa insatisfacción no solo encuentra su razón en mi falta de pericia, tiene que ver con algo más fundamental. Tiene que ver con el estatuto de esa escritura sobre la foto.
Entonces, me resulta inevitable preguntarme qué implica escribir sobre una foto. Un posibilidad sería contar cómo y dónde la saqué, las circunstancias que rodearon la sesión, los equipos que hicieron posibles las tomas: ofrecer una genética de mis fotos. Otra posibilidad, tentar una apología: esas imágenes son el reflejo de intenciones, de propósitos y de convicciones que precisan una explicitación, y este texto es la escena en la que se despliegan. Otra, la alternativa pedagógica: esto debe ser visto así, primero esto, luego aquello, y por último, lo de más allá. Ninguna de esas variantes me satisfizo.
De más está decir que muchos descollan en esta clase de ejercicios, pero no es mi caso. Siempre termino por sentir que el texto resulta un suplemento residual de las imágenes, un elemento inmiscible, sedimentario. Esa incapacidad fundamental para hacer cuerpo con la imagen parece estar en la identidad misma del texto que la acompaña: el epígrafe siempre se define por una relación espacial que lo sitúa invariablemente por fuera de la imagen. ¿Cómo puede pensarse la necesidad de una relación que siempre está definida por su exterioridad? Pienso entonces en la situación inversa: la imagen acompañando a un texto, la ilustración. La analogía no es esclarecedora. ¿Qué es una « ilustración »? ¿Un elemento probatorio? ¿Una figura retórica? Al menos intuitivamente, parece un modo de decir «lo mismo» de otro modo: una paráfrasis, un discurso desplegado de modo adyacente. La exterioridad, siempre la exterioridad.
Estos excursos no son, al fin de cuenta, infecundos. Si la escritura sobre la foto es exterior, heterogénea y extemporánea a las imágenes, no es sorprendente que reflexionar sobre ella resulte una auténtica peripecia. Se impone, no obstante, la necesidad de una conclusión provisional, un punto de final pragmático que puede ser un punto de partida por venir. Escribir sobre una foto es, por sobre todas las cosas, un gesto: la fundación de las bases de un diálogo para hacer transcender a la imagen de todas sus contingencias, ya sean genéticas, intencionales o pedagógicas. Escribir sobre una foto, enunciar un sesgo, un punto de vista, es el paso inevitable para dar lugar a una conversación en la que terminaremos por sucumbir ante la realidad evidente, aunque a veces ignorada, de que las imágenes, cuando no el sentido en general, nunca existen bajo el signo de la unicidad.