Poligrafía
Una noche dormí al lado de Cortázar
Por Julia Petersen
Mis padres y yo vivíamos en el sur de Francia. A partir de mis cuatro años comenzamos a ir de vacaciones de verano a la casa de una gran amiga de ellos, llamada Ugné.
No nos quedaba muy lejos de Nîmes (mi ciudad natal); en pocas horas de auto, llegábamos a destino. No obstante, para mí era como viajar a otro país. No por los paisajes o la vegetación, que de alguna manera seguían siendo los que yo conocía, sino por el lugar en sí, por lo que representaba en mi imaginación infantil: aquel inmenso jardín, la casa de varios niveles...
Nuestra anfitriona –la amiga de mis padres- hablaba un francés perfecto, pero con un tono extranjero. Debí haber preguntado sobre eso, porque recuerdo que alguien me aclaró que había nacido en Lituania. A esa edad, el único país que conocía, aparte del mío, era Argentina (patria natal de mi padre). Entonces, no podía siquiera imaginar qué era Lituania y menos aún encontrarlo en el mapa. Ahora supongo que eso, justamente, le brindaba más magia a ese ignoto lugar. Pero lo verdadero era que Ugné nos recibía siempre con los brazos enormemente abiertos. Nos cocinaba, nos cuidaba, nos hablaba de cualquier tema y, además, conmigo jugaba. La casa tenía, para mi deleite, una mezzanine (entresuelo), en donde me quedaba horas. No me acuerdo si Ugné tenía hijos o, quizá, nietos, pero sí, que ahí, en ese lugar que hacía las veces de escondite, había juegos y chiches. Algunos eran para chicos muchos más grandes que yo, como el ajedrez o las damas: la combinación blanco y negro me seducía al extremo de no ver las horas de ser grande para aprender a jugar a aquello tan de mayores.
El jardín lucía en su enormidad árboles y flores espectaculares. En el fondo, estaba la pileta. A mí —niña criada en un departamento, en pleno centro de la ciudad— me fascinaba pensar que las vacaciones en ese lugar también significaba meterme cuantas veces quisiera al agua. Supongo que, entonces, eso representaba la libertad total: los distintos niveles de la casa, el jardín, la pileta y la posibilidad de no tener que pedir permiso para trasladarme de un sitio a otro.
Un noche, al acostarme en la camita que bordeaba una gran biblioteca, mis padres tomaron una foto de uno de los estantes y, al enseñármela, me dijeron que ese señor que allí aparecía era “un gran escritor argentino y que había sido el compañero de Ugné Karvelis” (nuestra amiga).
Me acuerdo de que había varias fotos de él, pero por supuesto, la que quedó
grabada en mi memoria fue el emblemático retrato tomado por Sara Facio: la de
Julio y su cigarrillo.
Esa noche me acosté mirando fijamente la foto. No entendía quién era, pero
por alguna razón que rondaba mi conciencia de niña, me dormí con mucho
orgullo.
Hoy a mis 30 años, sigo sintiéndome orgullosa de haber sido
protagonista de ese momento y sigo creyendo que una noche dormí al lado
de Julio Cortázar.