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Poligrafía

La mirada vacía
Por Silvina Sosa

 

Cuando supe que el dossier de este número sería “Retratos”, recordé las situaciones en las que fotografié a seres queridos o a desconocidos.

   Más allá de los resultados técnicos (soy apenas una aprendiz de fotografía), las experiencias siempre fueron muy placenteras y de una conversación franca entre el retratado y yo, con la cámara interpuesta, claro. Las tomas me mostraban mucho más de lo que conocía de ellos. La cámara desnuda las personalidades y permite, a todo el que se dedica un rato a observar los gestos, las posturas, las miradas, descubrir aspectos del retratado que se mantienen ocultos o que quedan enmascarados en las situaciones cara a cara. Muchas personas histriónicas, que tienen actitudes avasallantes o que conducen su vida con una seguridad que puede parecer temeraria quedan desarmadas, vulnerables y tímidas frente a la lente.

   El tema quedó en mi cabeza y, sin proponérmelo, empecé a observar los lugares que habito o recorro a diario y a pensar cuántos de ellos podrían ser el ámbito para una serie de retratos. Intenté armar varios álbumes mentales: de viajes, de jornadas de trabajo, de intercambios sociales, de situaciones familiares. Intenté que mi vista fuera la lente y que el ascensor, el almacén o el vagón fueran el estudio.

   Fue difícil. Descubrí, con desazón, que encontrar la mirada del otro es mucho más fácil con una cámara que sin ella. Buscar su claridad en los ojos, los sentimientos que no se pueden ocultar, las emociones que la empañan o que la hacen brillar es intimidante si se hace “porque sí”.

   La mirada que nos permite vernos, conocernos y, así, acercarnos ocurre muy pocas veces. La evitamos, nos encerramos en nosotros mismos, nos quedamos caminando solos. La mirada del colectivero en el horizonte, a través del parabrisas, mientras espera que suban los pasajeros. La mirada indiferente del automovilista hacia el peatón que espera en la esquina y al que no dejará cruzar. La mirada del cajero del supermercado en el reloj que marca cuánto resta del día. La mirada perdida del pasajero sentado frente a nosotros en el tren. La mirada esquiva al anciano que necesita el asiento. La mirada vacía al niño que nos entrega un paquetito con anotadores y biromes.

Silvina Sosa es ingeniera en sistemas, correctora literaria, y, a partir de este número, le damos la bienvenida como colaboradora permanente de Clic. 

Paisaje en Kendall
Por Mariana Docampo

 

 Paisaje en Kendall 1

 

Entre las montañas cruzadas por ríos y caminos interiores, y lejos, el mar, arremolinado como en los cuadros de Turner, que entra en el continente y se empuja hacia las montañas, choca contra las piedras grandes por varias millas. Los estallidos de vapor se ven desde aquí. Y también un triángulo brillante bajo el sol indeciso. Las colinas verdes divididas por líneas marrones, son los cercos que separan una tierra de otra. Y las casas viejas con sus techos de lajas y su propio jardín, las ovejas nuevas y sus madres, las que morirán y las que no, las que no sabrán que sus hijas tiernas serán sacrificadas en invierno para que su carne sea comprada. Y las vacas galardonadas, las gordas y lustrosas que el toro preña. Él camina ágil pero lento, con sus músculos redondos y el sexo relumbrante. Y de este lado, la torre de un castillo.

 

Paisaje en Kendall 2

 

Sanna se acercó a nosotras, la más alta de las dos. La sonrisa cuyos labios, cuando se manifiestan, son rojos y húmedos. Kate, con sus ojos fervientes, había señalado las tierras alrededor, dijo que eran suyas, y luego apretó el acelerador y se introdujo por el camino fino. Llegamos y abrió la puerta de la casa. Nos invitó a pasar, la mirada orgullosa. Sanna bajaba de la huerta incrustada en la pequeña colina que había detrás. En un rectángulo verde se apretaban las verduras y las flores, algunas envueltas en plásticos o en papel. Se quitó el sombrero y los guantes y nos extendió la mano. Había estado regando las plantas más viejas y luego las movía hacia un lado y hacia el otro para sacudir el agua, que bajo la luz parecía estar hecha de pequeñas piedras de vidrio. Fuimos a bailar las cuatro al club inglés, los tapizados verdes y las alfombras, el piso de madera. El ventanal daba al campo de croquet y las figuras se inclinaban sobre el pasto. Las veíamos desde adentro, parecían pequeños flamencos blancos; y en la pista, Sanna y Kate bailaban.

 

 

Mariana Docampo es escritora y licenciada en letras. Publicó los libros Al borde del tapiz, El molino y La fe. Está próxima a publicarse su novela Tratado del movimiento. Dirige la colección "Las antiguas. Primeras escritoras argentinas" para la editorial Buena Vista. Organiza el espacio Tango Queer Buenos Aires, del cual es fundadora, y codirige el Festival Internacional de Tango Queer de Buenos Aires.  

 

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