Poligrafías
El álamo de Haroldo
Por Rosa Teresita Dotta Ruiz
Cuando tuvimos ante nosotros las imágenes de “Mechita” —el fotorreportaje de Adrián Muiño—, yo dije “Conti”, y todos me miraron a la espera de que aclarara a qué me estaba refiriendo. Entonces, comencé a contar una tras otra las historias de los pueblos, en verdad, empecé a acercar frasecitas, bocetos de escrituras, pinceladas de palabras de ese “mago viejo” —al decir de Eduardo Galeano—, que fue Haroldo Conti. Quién, sino un poeta hechicero, nos podría contar sobre el álamo carolina y decirnos que, a pesar de que estemos convencidos de que los días de un árbol son todos iguales, eso no es cierto. Sobre todo si es un árbol viejo. (…) Un día de un viejo árbol es un día del mundo. Así, nos va narrando la vida de este álamo, una de las tantas historias de “su” pampa. Y nosotros podemos imaginar un pastito que va creciendo hasta que comienza a sentirse árbol. Según gana en altura y “se piensa” para crecer, puede “ver” primero un alambrado, luego el camino (una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá…) y, recién pasado algunos veranos, divisa una casa y, detrás de ella, la relampagueante línea del ferrocarril. Entonces, percibe el ruido del tren, ese oscuro tumulto que agita el suelo, porque el árbol crece tanto por arriba como por debajo. A la vez, el álamo, según pasan las estaciones y los pájaros hacen de él su casa, vislumbra un bosque más lejano y descubre, al mismo tiempo, la hermandad y su propio aislamiento. Él, el álamo carolina, no es más que un árbol solitario que, desde las hojas más empinadas de la copa, va conociendo el mundo. Sin embargo, a través de la tierra, también siente que la vida crece, y se anoticia de que esa alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corre sobre la tierra se llama ferrocarril. Y él, que ya era un árbol completo, aunque todavía no un viejo árbol, supo entonces, que casi todo lo que vive se mueve, y sintió por primera vez el dolor de su fijeza. Las palabras de Haroldo Conti siguieron acompañando nuestro trabajo mientras mirábamos las fotos de Adrián Muiño, y por el ventanal de nuestro estudio aparecieron las primeras quintas, el campo pelado y amarillo y al fondo el cielo de un celeste muy pálido, salidos, por la magia poética, de las historias de ese entrañable escritor, aunque nos encontráramos en un piso alto de la ruidosa Buenos Aires. Comprobamos esa tarde (y lo pensamos siempre) que las imágenes buscan solas su relato. Las de “Mechita” habrán hallado —por esas razones ocultas que guardan las fotografías— la tristeza y la dulzura del álamo carolina, y también habrán escuchado su llamado. Seguramente, esas fotos se escaparán de la revista y se harán nido de pájaros, para que el árbol atenúe su soledad y comience nuevamente a pensarse bosque. Entonces, aunque sea por un instante, es posible que se ilusione con un mundo en que no haya fijeza capaz de poder con las ansias de largarse a andar, igual que el ferrocarril.
Aquel viejo reglamento ferroviario
Lo encontré así, sin querer,
perdido dentro un armario;
con sus artículos varios,
actualizado, prolijo,
y en su etiqueta, bien fijo,
marcado el destinatario:
“Estación tal...” desteñido
se lee en el viejo papel;
testigo del tiempo aquel
en que, en medio de la “peonada”,
el más “léido” deletreaba
lo que indicaba su ley.
Vuelve a mis manos, marchito,
con sus hojas que han servido,
para actuar como es debido
en las viejas estaciones;
esas, que torpes mandones
han relegado al olvido...
Lo rescaté de ese archivo
al que lo habían condenado;
y lo tendré bien guardado
de hoy en más, con alegría,
esperando que algún día
tenga que ser “consultado”.
Cacho Sosa
(poeta y ferroviario)