Poligrafía
Mi amiga, la bicicleta
Por Cacho Sosa
En el entorno de las cosas inanimadas con que convivimos, aparece con su menuda estructura ese vehículo de dos ruedas con el que compartimos tantas historias domésticas.
Desde la primera ilusión de verla aparecer entre los obsequios de los reyes magos, en los tiempos en que era un lujo casi inalcanzable, la noble bicicleta supo acompañar al esperado cartero; al repartidor de diarios; al mensajero telegráfico o, simplemente, trasladar al trabajador a su empleo, a favor del ahorro de los centavos del colectivo.
Por supuesto, fue y sigue siendo un andar placentero al compás de la naturaleza, que fomenta las relaciones de amistad en esas clásicas bicicleteadas y, subiendo apuestas, en las competencias deportivas.
Su aspecto frágil, su liviandad de manejo y su estar siempre a mano la han convertido, en muchos casos, en una compañera inseparable de nuestro quehacer. Tal conjunción remite su uso a una especie de recíproca necesidad.
Salvando distancias, podría reflejarse lo antedicho en la letra de una milonga campera, cuando el gaucho, en imaginaria charla con el facón —su inseparable amigo— expresa “...yo sin vos no soy gran cosa; y vos sin mí no sos nada...”.
Una herramienta sencilla que, con un mínimo cuidado, compensa a su dueño con el placer del desplazamiento con poco esfuerzo. Un cotidiano ida y vuelta, que se
confunde en el simbólico abrazo de nuestras manos a ese manubrio que parece estar esperándonos.
Pasión ciclista
(Apropiación narrativa)
Mientras caminaba por las calles del pueblo, luciendo una horquilla celeste en el pelo y un ramo de jazmines en el pecho, Anacleta parecía flotar sobre los guijarros.
En cada esquina le inventaban piropos, pero ella seguía con la mirada clavada en los charcos, sin otra idea que llegar hasta la casita blanca del Jesú y cruzar muy despacio por enfrente. El amor aleteaba en su pecho. Ese viernes asomó la luna llena más redonda que se haya visto jamás. Tan gorda estaba, que no pudo remontar y ahí se plantó, como recostada sobre los paraísos. Semejante plenilunio ha de ser la mejor inspiración para todo romance latente; sin embargo, a Anacleta más bien le provocó un estremecimiento aterrador: sobre ella pesaba un conjuro. Sabiéndose séptima hija mujer, siempre había temido que un viernes de luna llena pudiera cumplirse el hechizo y sobre su dulce figura de mujer ocurriera la temida transformación. Entonces, como si hubiera llamado con su miedo a la fatalidad, un enorme resplandor encandiló su vista y, en ese instante, sintió que todo su ser se desvanecía. Cuando pudo abrir los ojos, vio un rayo y otro y otro y otro más. ¡Un montón de rayos sujetaban la llanta! Horrorizada, cayó al fin en la cuenta de que se había convertido en bicicleta y en semejante estado de transformación se fue solita hasta la casa de su amor. Cuando el Jesú abrió la puerta y se topó con esa belleza, no lo podía creer. Ahí estaba esperándolo, luminosa y chispeante a la luz de la luna, con un perfumado ramo blanco suspendido del manillar sobre la horquilla celeste. Esa bicicleta era un sueño hecho realidad. Entonces, el muchacho supo de inmediato que estaban predestinados y serían el uno para la otra, por siempre. Espoleado por un impulso incontenible, no pudo esperar más: se echó el bolsito al hombro y arrancó a pedalear con fuerza.
Nadie sabe cuántos kilómetros anduvieron por esa ruta de amor, luchando a tendón firme en los repechos y gozando a pierna suelta en las bajadas. Eran felices. El sol mordía fuerte cuando llegaron a un paraje recóndito, donde saludaba el despintado cartel de bienvenida a un pueblo olvidado. Rumbearon derechito a la cantina del club social y deportivo, que, como se sabe, prestigia y constituye la verdadera esencia de todo paraje. El ceño fruncido de un lugareño que, parado en la puerta del lugar miró fijamente al hombre y a la bicicleta, le dio mala espina al Jesú. No obstante, armándose de coraje y enamorado como estaba de su flamante máquina, se arrimó y lo encaró decidido. Señalando a la Cleta dijo:
—¿Me la cuida, amigo, mientras me refresco la garganta?
La respuesta no se hizo esperar, más bien llegó contundente y, como si el pueblerino hubiese estado esperándolo para sacarse con él unas cuantas broncas, le espetó al muchacho una serie de barbaridades: qué se había creído, que con quién creía estar hablando, que él era y había sido desde tiempos inmemoriales un ilustre hacendado de esas tierras. Y lo corrió al pobre Jesú con una prosapia larguísima y con una infinidad de títulos por el estilo.
Sorprendido, pero también ofuscado ante tal iracundia, nuestro héroe sacó fuerzas de flojera y le dijo unas cuantas verdades para alivianarle el ego. Así las cosas, el parroquiano, más enojado que un avispero en llamas, levantó con fuerza un taburete pesadísimo y se abalanzó furibundo sobre la flaca humanidad del chiquilín. Presa del terror, la Cleta pensó que ahora sí había llegado el fin. Sobresaltada y empapada por un sudor frío, despertó gracias a su propio grito.
No tardó en comprender que todo había sido un sueño devenido en pesadilla, pero eso no le provocó ningún alivio, sino más bien, una honda decepción. ¡Había sido tan dichosa viajando con el Jesú!
Pasado el letargo nostalgioso y diciéndose a sí misma que no está muerta quien pelea, marchó trémula hasta la casita blanca en donde, al instante de llegar, decididamente, confesó su amor. El Jesú respondió que también la quería, pero que de momento no podía corresponderle, porque se encontraba muy apenado.
Resulta que le habían regalado una bicicleta preciosa, pero sin ruedas, y no tenía plata para comprarlas. La Cleta, que ya había sobrevolado sueño, decepción, susto y nostalgia, no se iba a dar por vencida así nomás, solo por un par de ruedas: "Mi vida -le dijo- es fácil: vendamos el cuadro y nos compramos las ruedas".
Cuentan los vecinos que suelen ver por las tardecitas al Jesú y a la Cleta, muy enamorados, paseando junto a la autopista, cada uno con su bonita rueda.
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(Clic agradece a la amistad, que permite, aun de adultos, jugar como si fuéramos chicos. ¡Y gracias a vos, Juanito, por prestarnos la idea!)