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Editorial

Estamos ya despidiendo un año al que podríamos calificarlo de diferentes maneras. Y lo podríamos hacer, como hubiera dicho mi abuela, según la suerte que nos tocó en la feria. Pero coincidiremos en que estuvo marcado por sucesos imprevisibles. Hablo de aquellos que son, con menor o mayor cercanía, seguidos por el interés general. Entonces, si nos atenemos a un par de ellos, podríamos señalar que la reina de 2016 fue la sorpresa.

 

Para no irnos tan lejos y mencionar uno aquí nomás, en octubre, hablaremos de la entrega del premio Nobel de Literatura. Como todos los años, la lista de las preferencias críticas nombraba, entre otros, a Philip Roth y a Murakami, pero también se hablaba de César Aira y de Milán Kundera; como candidatos firmes, el sirio Adonis y el keniano Ngugi wa Thiongo. Pues no, nada de vaticinios más o menos basados en la lógica de los procedimientos. El galardón mayor de las letras fue para Bob Dylan por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana” y además, porque sus canciones se adentraron en terrenos donde la palabra es protagonista. ¡Y claro que nos gusta Dylan, y mejor todavía reconocemos que hemos cantado en el viento!, pero para Nobel de Literatura hubiéramos celebrado la nominación de otro representante de las letras y, por qué no, de esos escritores que están por ahí, en algún lugar desconocido, pero que deberían ser apreciados por los especialistas, y a los que les vendría de perlas recibir esa buena suma de dólares. El bueno de Dylan no parecía incluso estar interesado en ningún honor (¡ha recibido tantos!) porque lo andaban buscando para entregarle el premio. En fin…, desde nuestro derecho de lectores, nos hubiera gustado que se lo concedieran a Paul Auster, por la posibilidad de soñar con el azar que nos regalan sus textos, o a Kureishi, por la ternura de sus excelsas imágenes, o a Murakami, que nos enseñó que no siempre hablamos de lo que decimos hablar. Pero, aunque inesperado, reconocemos que tampoco fue grave el desconcierto.

 

 Todo lo dicho fue solo una excusa para llegar a lo que sí o sí nos ha dejado mudos de espanto y de ninguna manera podemos soslayar en esta despedida de año: el resultado de las elecciones de los Estados Unidos.

 

Entonces, convoquemos precisamente a  Bob Dylan, y hagámoslo en calidad de  ser uno de los más grandes representantes (parafraseando a la Academia Sueca) de la poética norteamericana, y recordemos su tema “Los tiempos están cambiando” (The times they are a-changing)

 

Vengan, gentes, dondequiera que estén /  y dense cuenta que las aguas han crecido / y acepten que pronto estaremos calados hasta los huesos (…) Vengan escritores y críticos / que profetizan con su pluma / mantengan los ojos bien abiertos / pues la ruleta todavía está girando / y no ha nombrado quién es el elegido / porque el perdedor ahora /será el ganador mañana / porque los tiempos están cambiando (…) Vengan senadores y congresistas (…) / Vengan padres y madres (…) porque los tiempos están cambiando…

 

Querida gente nuestra, la que nos presta sus ojos y sus oídos, y los queridos artistas que nos regalan su don y su creación, reunámonos en un abrazo a la distancia y brindemos por el porvenir, porque no habrá forma de detener los mejores sentimientos de toda la humanidad fraterna. La esclavitud, la tortura, la xenofobia, la homofobia, el racismo pertenecen únicamente a la prehistoria vergonzante del mundo. Fue una etapa de oprobio a la que ni la mujer ni el hombre regresarán jamás.

 

¡Felices Fiestas y mejor 2017!

 

Hasta abril.

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