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Editorial

Hace poco comencé a leer un libro sobre la vida y la obra de Maruja Mallo. Una artista nacida en España, en 1900, cuya longevidad le permitió transitar prácticamente todo el siglo veinte y hacerlo a través de una intensidad forjada en la brillantez, en la energía y en la transgresión. Amiga de Dalí, García Lorca, Miguel Hernández, entre otras celebridades, y relacionada sentimentalmente con Rafael Alberti, fue la única mujer del grupo de Vallecas (surrealistas que se plantearon la renovación del arte español); luego de una permanencia en París y por la influencia de Torres García, se hizo aún más firme la impronta de tal grupo en su obra. No obstante su inteligencia y su creatividad, amén de su talento volcado activamente en su obra, Maruja Mallo no pudo exponer públicamente nunca sobre teoría del arte mientras vivió en España: luego del 37 (Guerra Civil Española), se radicó en la Argentina, en donde sí desarrolló una intensa actividad artística y fue una importante referente en circuitos de conferencias. Y el hecho por el cual le estuvo vedada la palabra teórica en España se debió a su condición de mujer: la teoría era, en aquella época y lugar, patrimonio masculino.

 

Hoy, un domingo que se enorgullece de ser el día más frío en décadas, en Buenos Aires, Maruja Mallo aparece a través de la fotografía de la tapa del libro al que me refería antes, y de alguna manera me señala que puedo hablar de ella, en el mismo momento, en que llegan a mi correo algunas imágenes y un par de textos enviados desde Alemania por otra mujer: una joven profesora, colaboradora de Clic, que entre el trabajo y la universidad se hace el tiempo necesario para dar clases a los refugiados que acoge su país y enseñarles el idioma.

 

Mujeres. Historias. Épocas. Un mundo. Un solo mundo que vive estremecido por estos días. Allá y aquí; por diferentes motivos, pero tiritando de espanto. Hace solo un puñado de días, el atentado en Niza nos cubrió nuevamente de amargura, y luego casi sin poder reaccionar, seguimos lamentando lo ocurrido en Múnich, otra vez en Francia, continuamente en Siria...

 

Será quizá por eso que necesito recurrir a historia de mujeres; será tal vez por eso que la cara seria y bella de Maruja aparece adolescente desde una fotografía sepia para hacerme escribir unas líneas sobre su maravillosa existencia. Será porque la tierra, la vida, la lucha y la resistencia comparten el género femenino, que me resguardo de este momento tan duro en la palabra mujer cuando escribo esta carta editorial.

 

 Hasta muy pronto.

 

 

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