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Editorial

Una frase hecha es, conforme a nuestro Diccionario académico, una expresión dotada de sentido proverbial, tras ser usada sostenidamente por una cantidad importante de hablantes en determinado tiempo y lugar.

 

“Qué pequeño es el mundo”, dijo mi amiga, y a mí se me ocurrió pensar en estos enunciados que suelen ser la pesadilla de quienes escriben. Estigmatizadas en las primeras lecciones de escritura, el universo de las redacciones gira, desde el principio, en torno a una serie de advertencias, consejos y medidas para tener en cuenta a fin de evitar, detectar, anular, suprimir y sobre todo, reemplazar, alguna de estas mal maquilladas asistentes del lenguaje.  Así y todo, no hay texto que pueda vanagloriarse con justicia de ser impoluto al respecto. De todas maneras, siempre hay algo peor; en este caso, saber que se está recurriendo a una frase hecha y pensar que no hay otra que exprese aquello que quiera decirse. Tal mi caso. El poder de las cosas pequeñas fue el segundo pensamiento que me surgió tras el primer comentario de mi amiga. Y me dije que era importante ahondar en esa idea y recrearla más allá del juicio normativo que me gritaba que era, a todas luces, una frase hecha. Después de todo, pensé para tranquilizarme, el idioma es una convención. Y si hasta las elevadísimas plumas de la historia han recurrido a dichos señuelos del habla, quién me podría censurar a mí que las llevara a pasear un rato por el papel.

 

 Volvamos a mi frase y analicemos que, de existir tal poder, este debe ser necesariamente, emocional. La supremacía, el señorío con el que nos cubren la vida las cosas pequeñas es, sobre todo, sentimental. Tengamos o no junto a nosotros esas nimiedades (y por ende, ellas ejerzan sobre nuestras vidas el dominio en cuestión), no será significativo para otros órdenes de la existencia. Como decía mi abuela: “No te da ni te quita”. No obstante lo cual, sentimos que vamos por el mundo guiados por el poder de ellas. Ejercen sobre nosotros todo tipo de presiones amorosas y cuando nos dejan, la tristeza y la angustia nos sumergen en una experiencia de desorientación, de exagerado extravío anímico. 

 

Pero más allá de la pequeñez del mundo, mi amiga quería contarme que había perdido un guante. Un simple guante de cabritilla. Claro que era un guante viejo. Y ya sabemos los que vivimos bajo la potestad de las cosas pequeñas que si el objeto o accesorio (llámenlo como quieran al elemento) es viejo y tiene uso, de uno y de otro dueño anterior -mejor todavía-, se acrecienta enormemente su valor y por ende su poder. Entonces, la pérdida fue de un estimable guante viejo. Lo extravió en una plaza de la única forma digna de perder un guante: en invierno, con lluvia y en París. Fue de noche, luego de pasear por la feria de Navidad de Montparnasse y comprar algunas de esas cosillas vistosas, que no bien pasara un tiempo, sumarían su poder en el cajón de la cómoda o sobre los estantes de la biblioteca. Como les decía, no sabe cómo se le escapó el guante de su mano derecha, sostenido en ese momento, por la izquierda enguantada, a la vez que sujetaba la cartera, una tarjeta de transporte y el vasito de vino caliente con el que la habían tentado en el puesto callejero. “Se me escapó”, me volvió a repetir, y yo le creo. A una no se le pierden las cosas así como así: más bien nos abandonan. Se le fue para siempre ese guante tan querido y el alma se le habrá puesto toda encogida, como acurrucada, pienso yo. Pasaron los días, y el guante izquierdo decidió llevar a su dueña nuevamente a la misma plaza de la pérdida: la hizo buscar un murete y le indicó que lo  abandonara allí suavemente. La mujer miró para un lado y para otro, confirmó que nadie la veía, y, luego de besarlo, le encomendó que se cuidara y no dejara de buscar a su compañero. Todavía siente cuando su mano acarició por última vez la breve aspereza marrón de la forma.

 

Hace un par de días, leí que Tom Hanks toma imágenes de guantes tirados por el piso, olvidados en las mesas de los cafés, en los bancos de la plaza, incluso en los tachos de basura. Guantes. Entonces, como dice mi amiga, si el mundo es tan pequeño, quién puede negar que un día de estos el buen mozo de Hanks pueda encontrar por un rincón de París esos viejos guantes marrones de cabritilla y los fotografíe, y ella los recupere de entre las imágenes que el actor ofrece en Instagram.

 

 Después de todo, aún no se ha estudiado suficiente sobre el poder de las cosas pequeñas.

 

Nos reunimos nuevamente dentro de tres meses y no prometemos volvernos para entonces más cuerdos.

 

¡Hasta la próxima!

 

 

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