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Editorial

Cuenta una leyenda hindú que al nacer traemos en una de nuestras muñecas una cinta invisible con el nombre de todas las personas con quienes trabaremos algún vínculo afectivo y, sobre todo, el especial lazo de la amistad. Por suerte, para los que pensamos que el mundo es un misterio y, además, completamente fortuito, tal inscripción no nos es revelada. De manera que ahí andamos por la vida: conociéndonos y reencontrándonos con otras gentes, sin preguntarnos si en sus cintas están nuestros nombres. Sin  embargo, no nos dejamos de asombrar cuando, a poco de conocernos con alguien, sentimos que hemos transitado algún camino juntos, y la relación se entabla con la naturalidad de aquello que se continúa en un registro fuera del tiempo. Al decir de Paul Auster: “Algo sucede y, desde el momento en que comienza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo”.

 

Este número de Clic, el noveno, se cierra sobre el mes en que se festeja, en Buenos Aires, el Día del Amigo. Apartándonos de todos aquellos comentarios que se hacen sobre las motivaciones comerciales y consumistas de tal jornada, estimamos que es una cálida ocasión para saludar a los amigos, a todos: a los de siempre, a los de los primeros tiempos de la vida, a los de determinadas épocas, a los de ahora, a los que comparten los silencios, a los que solo nos conocen a través de las palabras, a los que no vemos desde hace mucho, a los que no podemos dejar de ver todas las semanas, a los que no veremos más. A todos, nuestro amor.

 

No tenemos manera de saber si llevamos una cinta invisible con inscripciones de los nombres de las personas que todavía no se cruzaron en nuestros caminos, pero estamos seguros de que algunos nombres, inscriptos o no sobre nuestras muñecas, estarán para siempre acompañándonos. Entonces, también en homenaje a esos eternos e inolvidables amigos del alma que emprendieron el viaje definitivo, se dirige la intención de este número.

 

 

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