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Editorial

  

Es 26 de agosto de 2014. No es casual que escribamos este día nuestra carta editorial. Desde hace meses decidimos que le haríamos un homenaje a Julio Cortázar en conmemoración del centenario de su nacimiento, que precisamente se cumple hoy. Este número de Clic está dedicado, entonces, al admirado escritor, dado que hemos sido y somos agradecidos lectores suyos, pero fundamentalmente, porque él es parte de nuestras vidas.

 

Siguiendo el objetivo del recordatorio y sabiendo, de antemano, que serían por esta época tantos y tan diversos los artículos, las notas, los comentarios, etc., en torno a su figura y a su obra, quisimos celebrarlo, no solo enfocando nuestro interés en la inmensa figura literaria que consagró su nombre, sino además —tal vez ingenuamente—,  yendo detrás de la estela de un ser humano tierno y solidario, tal como se nos aparece Cortázar detrás de sus letras. Para eso nos propusimos interpretar las señales que dejaron los cronopios en el dibujo de los cielos, pero también aquí en la tierra, cerca de todos nosotros, en las huellas de las veredas y las casas (quizá habitadas por espíritus lectores y escribas infatigables), y, también, en el viento que azota los paisajes perdidos junto con los pueblos olvidados.

 

Así, en esta sexta edición de Clic, la entrega fotográfica de Ignacio Cirio todavía tiene la impronta de un viaje en moto que atravesó rutas y caminos, entre montañas y desiertos, superando el propio cansancio y haciéndose amigo de su propia soledad, para ir al encuentro de verdades despojadas de toda fantasía —o si quisiéramos dar vuelta los sentidos: solo posibles en el mundo real de las ilusiones— y compartir  vivencias de gentes sin nombres. Nacho brinda su homenaje al haber ido al rescate de un sueño y ofrecérnoslo para que lo hagamos propio. Silvina  Sosa acompaña el relato fotográfico cincelando con la palabra los sentimientos sobre las tomas.

 

Héctor Sabarrós, caminador impenitente y fotógrafo citadino, no podía sino hurgar huellas cortazarianas en calles, edificios, viejas casonas y galerías, dispersas en la provincia de Buenos Aires, la Capital Federal y París, la otra ciudad del escritor.  La cámara de Héctor quiso retratar las trazas de las palabras impregnadas en esos espacios, las confidencias de algún fantasma inadvertido de su condición de tal  o, por qué no —siguiendo una temática que lo entusiasma desde hace mucho—, la alegoría del ángel que seguro habita en los cuentos de nuestro homenajeado.

 

Julia Petersen, en Poligrafía, nos acerca la ilusión de un recuerdo de infancia.     

 

Todos, desde Clic —parafraseando a Mario Benedetti— sumamos a la conmemoración unas líneas para que crucen los tiempos y el espacio que nos separaran de Cortázar:

 

                Usted, Julio, tal vez no lo hubiera escrito nunca, pero nosotros, gracias a usted, no tenemos vergüenza de decirlo en su nombre: “Un siglo es un instante”, y  tenemos menos reparo en pensar, en el nuestro: “¡Cien años, qué locura!”. 

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