Editorial
Hace unos meses (febrero), se celebró el Año Nuevo chino. Sobre esas fechas me llegó un correo de destino lejano y querido, que me contaba —en honor a mi apego al sincretismo doctrinal— que también se festejaba en Japón el Setsubun, la fiesta del comienzo de la primavera. No me pregunten exactamente por qué se celebra antes de marzo, pero es posible que sea un saludo a las primeras flores de sus sakuras (cerezos). De todas maneras, obviando ese detalle, lo más importante fue que pude conocer el ritual que se realiza en esos días para “limpiar” el alma de los hogares, desterrar de ellos las energías negativas y atraer, al mismo tiempo, las fuerzas cósmicas luminosas y celestiales. Consiste en abrir las puertas y ventanas, en especial, en este año, las que dan al Este-Noreste, que es el punto cardinal de la dicha durante 2014, y luego lanzar semillas de soja hacia la calle para ahuyentar de la casa a los malos espíritus. Una vez que se realiza esa suerte de encantamiento, se sugiere comer unos ricos makis y, en caso de que se carezca de esta delicia de la cocina japonesa, es posible recurrir a la popular empanada criolla o al internacional sándwich. Sin embargo, todo esto hubiera quedado en un dulce y cálido recuerdo, si no fuera porque luego de unos días de la celebración a la que fui convidada y a la que adherí de buen grado, dos hojas verdes y vigorosas se anunciaron triunfantes en medio de la tierra de una maceta de mi balcón, que estaba huérfana de planta y sí muy bien humectada en razón de la persistente lluvia que nos acompañó por esa época. Un brote de zapallo, con promesa de fuerza apreciable y larga guía, parecía saludarme al lado de un jazmín cuidado y una fina orquídea. Es que el día del Setsubun no tenía semillas de soja en mi despensa, entonces —además de ser apegada al sincretismo y solidaria con cuanto festejo se me presente, soy también mujer de buscar alternativas—, me pareció igualmente válido asustar y correr a los invisibles entes negativos con semillas de zapallo, que sí tenía muy bien guardadas en un frasquito. Y en el entusiasmo por arrojar los granos, algunos cayeron justamente en la maceta. Así, por aquello de que lo que vale es la intención —y en ese caso fue atraer todo el ánimo y las fuerzas positivas hacia mí y mi entorno—, sin saber que lo hacía, sembré. Quizá esta plantita, nacida al azar y bajo el juego de las ceremonias compartidas con la ternura de los amigos, sea un saludo de buenaventura para Clic, que cumple con este número su primer aniversario, y también sea una conexión de sabia vegetal para todos los espíritus y las voluntades que constituyen la revista: fotógrafos, gente de las letras, lectores, quienes nos acompañan con sus comentarios y sus críticas, y también para todos aquellos que trimestralmente nos reciben en silencio. Así que sobre la fecha en que Clic cumple su primer año, les propongo que nos saludemos bajo el conjuro de los brotes nacidos al azar. Porque sobre la vida se han formulado, sin dudas, muchas y complejas teorías y explicaciones, pero también, ella bien puede estar representada por una semilla arrojada en tierra fértil un día de júbilo, sin más razones que la celebración del amor universal.