Editorial
Dentro de unos días, el 8 de diciembre para ser precisos, se cumplirá en una gran cantidad de hogares el ritual del armado del arbolito de Navidad. Por las noches, titilarán las luces a través de las cortinas y los cristales de las ventanas; y un niño se asombrará al ver por primera vez los adornos coloridos. Algunos recordaremos otros años, cuando bajo el manto musical de la Misa Criolla, colgábamos campanitas en el pino y desenredábamos guías de luces enmarañadas hasta la exasperación. Hace poco leí que es posible conocer a una persona según cómo reacciona ante dos situaciones: la pérdida del equipaje en un viaje y el enredo de los elementos de decoración navideños, y un hijo (o más chicos) tironeando de la madeja, justo por el lugar en que es posible enredarla más. Aparentemente, quien logra transitar ambas vivencias manteniendo la calma es una persona paciente y optimista. Habiendo pasado por ambas situaciones sin mayores tribulaciones que las naturales (la primera, justamente, en una tarde de 24 de diciembre, en la que arribé a destino, y mi valija siguió viaje; y la segunda, a lo largo de varios años en ocasiones familiares de celebración del 8 de diciembre), me congratulé de ser medianamente paciente y optimista a ultranza. Paciencia es lo que se necesita para aprender, para entender, para ver crecer una planta, para escuchar aquello que no queremos que nos digan; paciencia se necesita para enseñar a hablar, a caminar y a escribir. Y optimismo, para transitar un extensísimo período de la vida. Por no decir que el optimismo es un compañero que no debiera abandonarnos nunca. Entonces, desde Clic, mientras nos adelantamos para tener nuestra edición número cuatro lista para ser puesta en línea el primero de enero, y en tanto ya vamos templando nuestro espíritu para el balance inevitable que, año tras año, realizamos de nuestro tránsito por el período que se va, podríamos también ir eligiendo deseos en los que centremos energía y luz. ¿Será bueno desearnos paciencia y optimismo? Veamos. No estamos hablando de cualquier paciencia —ya lo dijimos antes—, nos referimos a la paciencia como facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho y ayudar para que ello ocurra; paciencia para aceptar que algo no nos salga bien y volver a intentarlo (“paciencia y barajar de nuevo”, dice el refrán), paciencia para aceptarnos a nosotros mismos con nuestras debilidades sin sentirnos que somos una calamidad, pero teniendo en miras mejorar, aunque más no sea un poquito. Y optimismo para pensar que en algún lugar del universo todo se dispone exactamente como debe hacerlo para que la armonía sea lo que tiene que ser: aquello que no entendemos del todo (o casi nada), pero que seguramente es lo justo. Optimismo para pensar que siempre es posible modificar algo para bien de todos, para vivir mejor, para amar sin dobleces, para sonreírnos por una nada y también por lo que consideremos más importante; optimismo para celebrar cada día como una Navidad. Paciencia y optimismo para desenredar la maraña de dificultades que se nos presenten, y al mismo tiempo, lograr que nuestro espíritu esté lo más calmado posible para que la punta del ovillo sea siempre la luz que aparece de pronto, y nos hace sentir que nada, por complicado que sea, puede apoderarse de nuestro ánimo para siempre. Paciencia para vivir y luchar, y optimismo para recibir un mañana que siempre es prometedor. ¡Bienvenido 2014! Nos abrazamos a ustedes.