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Editorial

   El segundo número de Clic nos encuentra recibiendo el frío, que este año se hizo esperar, pero llegó para congelar buena parte de la Argentina; no obstante, más allá de las protestas ante la carga de ropa de abrigo que hay que usar o por los estornudos característicos de los cambios de estación, todos sabemos que también son días propicios para las reuniones en los cafés, ir al cine o quedarse en casa comiendo chocolate y leyendo un buen libro. Pero lamentablemente, este número también coincide con sucesos trágicos, entre ellos, un accidente ferroviario ocurrido hace pocos días  —ante el que todos asistimos horrorizados y reviviendo otro de hace apenas un tiempo—. Sin embargo, como en una suerte de reunión, en el claro del bosque, durante una noche de luna llena, para conjurar peligros o para llamar a la buena suerte y a la esperanza, los integrantes de la revista nos convocamos a los últimos encuentros antes del cierre editorial y comenzamos los ajustes finales a tal propósito.

   

   La mayor de las preocupaciones (hubo otras) respecto de este número fue sustentar, cada uno de nosotros, su posición acerca de si los fotógrafos que intervienen en los dossiers debían ser catalogados en “profesionales” y “aficionados”. En el número primero habíamos decidido que se presentaran las series sin ceñir a sus autores en dichas categorías (más allá de los pertinentes datos personales y de trayectoria que acompañan algunas de las tomas de los autores). A pesar de ello, hubo quienes opinaron que los lectores debían estar advertidos de lo referido al principio. Los que continuamos apoyando la tesis contraria, que finalmente fue la que ganó el debate,  consideramos oportuno hacer público el fundamento de ella. Uno de los propósitos fundantes cuando comenzamos a imaginar Clic fue la de contar historias a través de imágenes fotográficas. Para ello pensamos en un medio que funcionara a partir de una comunidad de arte. Sin entrar en el debate  vinculado a si la fotografía es un arte o no lo es —el ingreso de ella en los museos, en las galerías y en los sitios antes reservados solo para las obras artísticas (tradicionales) parece anular o, por lo menos, debilitar cualquier discusión al respecto—, convocamos a los fotógrafos. No nos importó que fueran profesionales —entendemos por “profesional” a aquel que hace de la fotografía su medio económico— o “iniciados con una mirada diferente” —quienes comparten técnicas, cursos y conocimientos, pero sobre todo una búsqueda a través de la lente, sin que por ello tengan a la fotografía como su profesión; no, por lo menos, la principal—.

 

   Claramente,  en este sentido, la separación entre aficionados y profesionales nos resulta no solo compleja de trazar, sino que se nos manifiesta innecesaria. Y es así porque, tal el interés o la aspiración que tuvimos en principio, las fotografías no difieren en su condición más que por las singularidades de ellas: cada serie ha formado un corpus de intenciones, miradas y, fundamentalmente, subjetividad plasmada tras una búsqueda. Todas ellas han sido registro de una pregunta y una respuesta interior, sin importar que ellas surgieran del profesional o del aficionado.

 

   Por tanto, a menos que no se nos presente una buena razón en contrario, mantendremos el esquema inicial. Siempre, claro está, manifestando que “es de cuerdos cambiar de ideas”, toda vez que nos convenzan de que es por esa dirección que pasa el río. 

 

 

 

 

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