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Guardianas de Notre Dame de París
Fotografías: Héctor Mario Sabarrós Souto
 
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz

Gárgolas y quimeras

 

 

Una sensación de desamparo y de inquietud metafísica nos abarca cuando la presencia de las gárgolas es algo tangible y cercano a nuestro ser. Esto ocurre luego de subir, uno a uno, los peldaños de la inacabable escalera que conduce a la terraza de la catedral de Notre Dame de París, y nos encontramos junto a ellas.

 

Según cuenta la leyenda, deben su nombre a un monstruo, la Gargouille,  al que describen como una criatura temible de cuello reptilíneo, con un hocico delgado pero de potentes mandíbulas, que extendía sus largas alas y circunvalaba por los aires las inmediaciones del Sena en horas de oscuridad,  hasta que al despuntar el alba, se escondía a descansar en una cueva próxima al río.  Sin embargo, no solo por el terrible aspecto se le temía, sino por otra de sus características: los malos modales. Hambriento, se tragaba con tan solo abrir un poco más la boca los barcos que por la cuenca circulaban; destruía, cual dragón, persona, animal o cosa que se le cruzara en sus raptos de iracundia; y como si faltara algo, escupía tanta agua cuando se enojaba que ocasionaba descomunales inundaciones. Los antiguos habitantes del Rouen, conforme sigue narrando la leyenda que se transmite de generación en generación, trataban de calmarlo ofreciéndole anualmente la vida de un  criminal, pero la Gargouille prefería doncellas, bonitas y bien formadas, en lo posible.

 

Así las cosas, allá por el 600, un hombre del cristianismo llegó a París para pactar con el animal siempre que los habitantes accedieran al bautismo y a la construcción de una iglesia ofrendada al culto católico. Gracias al poder del exorcismo y en virtud de la luz que emana de la vela y de la cruz, la bestia se transformó en un dócil dragón que pudo ser transportado como un perro, tan solo con un cordel atado a su cuello para ser luego quemado en la hoguera. Pero no pudo ser enteramente incinerado: la boca y el largo cuello de la bestia estaban tan acostumbrados al fétido aliento que se resistieron a arder. Entonces, se decidió conservarlos y lucirlos en el edificio que se erigiría: en la catedral. Allí están (boca y cuello), en recordatorio de los desastres cometidos por la Gargouille y por las tropelías a las que había sometido a la población. Desde entonces, las gárgolas vigilan y custodian el pulso de la ciudad de París.

 

Pero si son aterradoras individualmente, más aún lo son dispuestas como están: “en patota”. Y como si no bastara para asustarnos su presencia, son acompañadas por las quimeras, esos seres mitológicos cuyos cuerpos comparten características de varios animales (cabra, león y dragón). Un monstruo que lanzaba llamas y también devoraba todo lo que se le interpusiera.

 

 En tanto uno se desplaza por la estrechez del pasadizo entre ambas torres de la iglesia,  e intenta no detenerse demasiado en cada peldaño, se va preguntando qué lo llevó a subir hasta allí. Las gárgolas, solas o en grupos, y las quimeras, impertérritas, observan el mundo desde el cielo de la capital gala. Y tenemos la certeza de que nos tienen bajo dicha contemplación.

 

Ya sea porque expían culpas propias o ajenas, o porque representan guardianes de la fe, como dicen otros, allí están, cual celadores inescrutables, desde hace siglos. Y al acercarnos a ellas, experimentamos cierta mundología con el más allá.

 

 La cámara se enamora de ellas. Y Héctor no pudo menos que sentirse engatusado por la expresión de la estirga burlona que saca la lengua y parece reinar sobre el escepticismo que él creyó tener antes del ascenso. 

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