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Misterio de las estatuas
Fotografías: Hector Mario Sabarrós Souto
 
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz

 

                                                                                No hay idea que no pueda expresarse en mármol

                                                                                                                                                                                                                                                                                       Miguel Ángel

 

En el cuento “Final de juego”, de Cortázar, se narra la historia de tres púberes que a la hora de la infancia de todas las infancias, es decir, la de la siesta de otras épocas, se escapan del cuidado materno y se van a los fondos de la casa, a un lugar cercano a las vías del tren Central Argentino. Allí, en ese su “reino”, en donde “donde la mica, el cuarzo y el feldespato brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde”, jugaban a las estatuas, y “el juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes”. Las jovencitas pasaban así su tarde, teatralizando escenas y creando figuras con sus propios cuerpos, hasta que un día les llegó el primer papel arrojado desde la ventanilla del tren que cumplía diariamente el trayecto que unía Palermo con el pueblo vecino. La esquela estaba firmada por Ariel. Tuvieron, entonces, su primer espectador conocido. Actitudes como la envidia, los celos, el rencor o la piedad formaban parte del juego y componían la serie de gestos y movimientos que debían recrear. Leticia, una de las niñas, sufre de alguna enfermedad, quizá secuelas de poliomielitis, por tanto, está impedida de realizar movimientos o flexiones: ella hace, quizá paradójicamente, con esa rigidez obligada de su padecimiento, la mejor de las estatuas y enamora a Ariel. Luego, cuando el muchacho decide avisarles que irá a presentarse ante ellas, Leticia falta a la cita y en su lugar le envía una misiva. La letra en lugar de la presencia; la palabra que ocupa el sitio de lo físico. Nos preguntaremos siempre qué decía esa carta, qué contaba. ¿Le diría que era tullida? ¿Le diría que era una princesa escondida en una casa de Palermo? ¿La verdad o la mentira? ¿Cuál verdad y cuál mentira?

 

Los espacios enjardinados que rodean el Palacio de Versalles como los que circundan el Château de Chantilly, en Francia, están poblados de esculturas, en su mayoría de mármol y de estilo clásico. Hay quienes aseguran que las de Versalles guardan un significado oculto, y lo vinculan con los deseos del rey que ordenó su obra. Estatuas que simbolizan la gloria monárquica, la condición mortal de los súbditos, el tormento de los celos, etc.,  son algunos de los sentidos velados de la esencia misma de estas obras de arte.

 

Nosotros las visitamos también en invierno. En diciembre de 2016, cuando el aire se encantaba del aroma del chocolate caliente y las exquisiteces dulces de las casas de té de Chantilly,  nos preguntábamos cuál sería el misterio que guardarían esas estatuas bajo los mantos de protección, precisamente, en ese tiempo de lluvia y frío. Deberían de tener alguna actividad misteriosa, ignorada por todos nosotros los simples visitantes. Seguramente, se comunicarán entre ellas a través de algún código indescifrable. Se quitarán los velos por la noche, cuando los guardias dormitan tras los cristales de sus oficinas, y saldrán a celebrar desfiles, competencias, rondas varias. Jugarán tal vez a “los humanos”.

 

Y así nos fuimos con Héctor caminando hacia la estación del tren que nos acercaría a París, pensando en las estatuas de Versalles, de Chantilly y en las de “Final de juego”, de Cortázar.

 

Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises. (F.d. J., Cortázar)

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