
Notre Dame du Haut
Fotografías y texto: Alfredo Kopf
Una capilla de montaña, consagrada al culto católico, encargada al pionero de la arquitectura moderna, un declarado ateo de orígenes protestantes. El resultado es el torbellino fascinante producido por todas esas fuerzas contradictorias. Campo y ciudad, hombre y divinidad, lo profano y lo sagrado, la forma y la función: todas esas tensiones se resuelven en Notre Dame du Haut sin anularse, dando lugar a una síntesis que, en mi tiempo, hubiéramos calificado de dialéctica.
No hay mobiliario, sino prolongaciones del piso y de las paredes que, ajustados exactamente a las proporciones promedio del cuerpo humano, sostienen los gestos del culto: la sedestación durante la confesión, la genuflexión durante la plegaria, la reunión durante las misas. No hay imágenes, apenas una figura de la Virgen dispuesta en una apertura sobre el muro que reemplaza al altar, orientado de modo tal que el sol enceguece a quien quiera identificar en esa silueta antropomorfa los rasgos de la madre del Cristo. No hay vitrales figurativos, tan solo pequeñas ventanas con vidrios de colores sobre los cuales se encuentran inscriptos signos: una conchilla de Santiago, una estrella, o sintagmas, formas mínimas de la referencia bíblica. No hay adornos, apenas superficies configuradas para constituir un espacio interior.
Emancipada de la densidad sombría del templo (esa forma monumental del fetichismo del lugar, ese acto máximo de la sedentarización, ese edificio-ancla), la capilla de Notre Dame du Haut es más bien un templo-nave, una casa portátil, como los caparazones de los cangrejos de los que se inspiró para concebir su techo Le Corbusier (¿qué otra cosa podía esperarse de un hombre que abandonó un apellido para adoptar el nombre de un ave?). Un templo-nave con sus velas orientadas hacia otro cabo de esa larga travesía que lleva a la humanidad del mito a la línea, y de la línea hacia lo desconocido.











