
Claroscuro
Fotografías: Vincent du Mesgnil
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz
Un caserío de luciérnagas
Cuentan los pueblos originarios de nuestra América que en tiempos antiguos, cuando los hombres eran esencialmente buenos, y la sociedad, una hermandad de individuos, los abuelos de los abuelos se reunían alrededor de fogatas, por las noches oscuras, a contarse las historias del día, a congratularse por los buenos aconteceres o a planear entre todos cómo solucionar los problemas de la comunidad. Festejaban en las buenas o se acompañaban en las malas jornadas. Siempre, el hombro del hermano y la mano del compañero estaban justo ahí, donde se necesitaba. Durante una de esas reuniones alrededor del fuego, precisamente cuando se celebraba el nacimiento de un nuevo integrante de la tribu, pasó por allí un oscuro espíritu errante y sintió una profunda y atormentadora envidia por tal compañerismo y solidaridad. Entonces, con una fuerza siniestra y guardada vaya a saberse por cuántos siglos, sacudió los troncos encendidos de la fogata común a modo de un remolino endiablado y provocó la dispersión del pueblo, a la vez que las chispas se transformaron en haces de diminutas luces entre los árboles y en medio de la oscuridad de la selva y la montaña. Luego, sobrevino el silencio y la negrura de los tiempos. Hasta que los rescoldos de aquella fogata fraterna comenzaron a encenderse por aquí y por allá, y, de pronto, diminutos seres aparecían y desaparecían a través de luminosos y pequeñísimos reflejos dorados: habían nacido las luciérnagas.
Desde ese tiempo se supo que ellas son el símbolo de la solidaridad entre los hombres y los demás seres vivos, entre los humanos y la madre naturaleza; y que fueron creadas con las lágrimas arrepentidas del espíritu oscuro que encontró por fin la luz del amor. Quizá por eso, cuando en medio de la oscuridad total, advertimos diminutas luces que se escapan por entre las pequeñas ventanas de las casas de los valles montañosos, se nos ocurre pensar en las luciérnagas. Aquellos “bichitos de luz”, tal como las llamábamos cuando necesitábamos hacer transparente el sentido, devienen brillos que contornean el paisaje del caserío que se esconde en la oscuridad de la noche andina, en las fotografías de Vincent Du Mesgnil.






Vincent Du Mesgnil es francés y vive en la Argentina desde hace ocho años. Viajó al norte andino y se quedó allí por un tiempo, compartiendo con sus habitantes la belleza y el quehacer del lugar. "Conocí la Quebrada de Humahuaca y quedé impactado por sus paisajes, su cultura y su gente, por lo que decidí quedarme a vivir en Purmamarca. Durante esos meses, traté de exprimir esas montañas de colores y los paisajes que parecen postales; pasé horas y horas esperando amaneceres o atardeceres para lograr las fotos buscadas. El norte es un lugar de mucho cariño para mí, por el gran recibimiento de su gente, y sobre todo por la paz que transmite. Por eso vuelvo aunque sea unos días todos los años y siempre encuentro nuevas fotos para sacar y nuevos lugares por recorrer", nos cuenta Vincent.
En la actualidad, tiene en la Ciudad de Buenos Aires su estudio: Vincent Du Mesgnil Photographie.