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Lugares cortazarianos

Fotografías: Héctor Sabarrós
Texto: Rosa Teresita Dotta Ruiz

 

  En otoño de este año, comenzamos la búsqueda de los lugares por los que el paso de Cortázar podría haber dejado huellas más allá de los propios de su intensa y conocida literatura. El primer objetivo fue Chivilcoy. Para ello, salimos de la Capital Federal y tomamos la “vía láctea” pampeana a fin de llegar a la ciudad ubicada en el centro oeste de la provincia de Buenos Aires. Con nombre de origen mapuche (“todas las aguas” o “reunión de aguas”), fundada en 1854, es posible que haya estado señalada desde su mismo bautismo por la prosperidad: tal fue su pujanza que cuando Domingo Faustino Sarmiento pronunció su discurso de asunción como Presidente de la República Argentina, entre sus promesas estampa una frase que será célebre y permanecerá en la memoria del sitio: “Haré cien Chivilcoy”.

 

Llegados al centro, recorrimos la plaza, tomamos un café en una tradicional confitería y comenzamos a preguntar por la pensión en donde —según los datos que habíamos recabado meses atrás— Julio Cortázar se habría hospedado cuando ejercía como profesor de Geografía, Historia y Educación Cívica en el secundario de dicha ciudad: desde agosto de 1939 hasta algún día de 1945. Un tiempo extenso en la vida de un docente. Nos dijimos que serían muchísimas las personas que nos hablarían de las anécdotas recibidas de sus mayores; quizá encontráramos algún alumno o pariente de otro colegial de aquella época, que lo hubiera conocido en ese establecimiento. No obstante, ante las preguntas, nuestros posibles entrevistados (mujeres, hombres, jóvenes, muchachitas, ancianos y adolescentes) nos miraban y escuchaban atentamente, y luego de mover la cabeza en señal de no poder ayudarnos, nos decían que no conocían ni habían escuchado nada de lo que referíamos. Desalentados les preguntamos a unos chicos con edad de cursar el secundario si, por lo menos, habían escuchado el nombre del escritor: una tibia sonrisa por respuesta y un movimiento de hombros nos debilitó hasta el punto de necesitar sentarnos un rato en uno de aquellos viejos bancos de plaza.

 

Luego, ya convencidos de que solo nos quedaba emprender nuestra búsqueda sin ayuda de lugareños, la curiosidad por las casas abandonadas nos llevó a pararnos frente a una edificación envejecida pero todavía con cierto esplendor. Entonces, como si se hubiese establecido un juego preparado por el azar y del que no estábamos todavía advertidos, apareció un hombre (barba y pelo cano), de voz potente y andar rápido, que luego de saludarnos nos avisó que la humedad del caserón hacía mucho que venía afectando su vivienda (próxima a la que, según él imaginó, sería nuestra futura inversión). Aclarado el equívoco, el nombre del escritor homenajeado ofició de abracadabra: el destino nos había puesto ante el hijo del portero del colegio secundario en tiempos de la docencia de Cortázar.

 

En la misma confitería en que habíamos desayunado horas antes, escuchamos largamente a Luis Salzamendi, quien nos contó de ese profesor del que le llegaron, en voz de su propio padre, mentas y anécdotas, enriquecidas y aumentadas, hasta el infinito. Las palabras surgieron a borbotones; las frases, entremezcladas, tal como ocurre en un encuentro en que el tiempo es corto y lo que se guarda es mucho. “Dicen que Cortázar era amable, sí, buena gente; quizá, un poco controversial”; “tal vez, por su propia formación, superior a la del resto, a la del pueblo, como usted comprenderá”; “así decían que fue Cortázar”, nos presentaba Luis su propia visión de la historia y, además, nos suministraba los datos para ubicar los lugares por los que pasó ese joven y brillante profesor en su estadía por la ciudad. 

 

Días después, nuestra búsqueda continuó por Banfield (provincia de Buenos Aires) y luego por el barrio de Agronomía (Capital Federal). Al tiempo, por París. En ninguno de estos lugares encontramos ninguna persona dispuesta a intercambiar información sobre el tema. Por eso dijimos antes que, cuando nos detuvimos a mirar la casona abandonada en Chivilcoy, es posible que los hados hubiesen dispuesto el encuentro con Luis, única voz lugareña que se unió al homenaje.

Lugares cortazarianos

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