
El otro cielo
Fotografías y texto :
Héctor Sabarrós
El otro cielo
"El otro cielo", del libro Todos los fuegos el fuego, es, sin dudas, uno de los cuentos más importantes de Julio Cortázar. El magistral manejo del desdoblamiento y la discontinuidad del espacio y del tiempo hacen de este cuento una joya del género.
El personaje principal lleva una vida gris y opaca durante el agobiante verano porteño de 1945: época peronista. Trabaja en la Bolsa de Comercio y tiene una novia con la que acompaña su rutina monótona. En medio de esa medianía, descubre un lugar en la Galería Güemes de Buenos Aires y pasa, sin transición, a la Galerie Vivienne, de Paris, en un invierno muy frío, alrededor de 1870 (año en que se desarrolla la guerra franco-prusiana). Allí transita una relación intensa y apasionada junto a Josiane. Viven y sobrellevan juntos el terror de las intrigas generadas por las andanzas de un asesino serial. También, deambulan por las galerías cubiertas del barrio de la Bolsa y de la Place Notre Dame des Victoires, a fin de soportar mejor sus vidas perturbadas en ese gélido invierno parisino.
En ese ambiente se pasea, además, el errante espíritu del Conde de Lautréamont (1846-1870), escritor al que Julio Cortázar admiraba, y cuya muerte sobreviene precisamente en ese año.
En una carta (5 de enero de 1963) que Julio Cortázar escribe a Paco Porrúa dice:
París está bonito, con una nieve liviana que le cayó antes de Navidad y ahora unas nieblas muy a lo Whistler. […] Yo me paseo mucho por la orilla derecha, en la zona de la Place Notre Dame des Victoires. Por ahí vivió y murió Lautréamont, y es casi increíble que algunas calles, algunos cafés, y sobre todo las galerías cubiertas conserven hasta ese punto su presencia. La Galerie Vivienne, por ejemplo, está tal cual pudo conocerla él en 1870. No han tocado nada, tiene sus estucos de mal gusto, sus librerías de viejo cubiertas de moho, sus vagos zaguanes donde empiezan escaleras cuyo final es imprevisible, y en todo caso negro y siempre un poco aterrador.
He estado releyendo mucho al Conde, y siempre termino tomándome el metro y dando vueltas por su barrio. Ubiqué la casa donde murió (hay un restaurant), pero los Cantos fueron escritos en otra casa que han echado abajo. A lo mejor escribo un cuento largo, que sucederá en este barrio. Tengo ganas de hacerlo, pero quisiera evitar toda contaminación fácil; en todo caso que la presencia de Lautréamont se sintiera por contraste, por su mucho no estar. Y eso es difícil.
En otra carta al mismo destinatario, de fecha 13 de febrero de 1964, Cortázar insiste sobre lo mismo: … las galerías y los pasajes cubiertos de París […] desde hace un tiempo constituyen mi terreno de vagancia predilecto (por culpa de un cuento largo que pergeño y que los incluye); nada puede ser más sombrío, húmedo, mohoso y extraordinario que la Galerie Vivienne, el Passage du Caire, la Galerie Sainte-Foy, y muchos otros rincones por donde ando exhumando sombras queridas, entre otras la de Lautréamont que, como sabés, vivió y murió en el barrio de la Bolsa, entre galerías que entonces brillaban y estaban a la moda y donde probablemente nadie se pescaba la gripe que me cayó a mí sobre el lomo. Del propio relato, entrecortado por citas de los Cantos, tan sólo citaré este fragmento: “La Galerie Vivienne, […] o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignominia diurna de la rue Réaumur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa)”.
Este cuento ha sido objeto de infinidad de estudios, tanto literarios como filosóficos.
Para rendir este homenaje, hemos paseado mil veces por la Galería Güemes tratando de encontrar el espíritu de tal narrativa. También, hemos hecho, muchas veces menos, el recorrido por todas las galerías y los pasajes de París, tan detalladamente descriptos por el autor. Y fue así que —en una, por la cotidianidad, y en las otras, por la extrañeza y la ansiedad de recorrerlas como extranjero, y a pesar del paso del tiempo desde que Cortázar escribió el cuento—, pudimos en muchos momentos sentir el espíritu del relato. Esos recorridos nos permitieron enseñorearnos en el tiempo y el ambiente creados por el escritor. Siempre quedamos asombrados de lo que significa llevar todas esas sensaciones a un grupo de fotografías. Desde nuestra adolescencia, hemos admirado a Cortázar, al que muchas veces, al releerlo o escuchar sus relatos, lo sentimos casi como un amigo cercanísimo.
Con nuestras fotografías, deseamos profundamente habernos aproximado a la esencia de este cuento.
























