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Dora Bianchi

Texto: Rosa Teresita
Dotta Ruiz 
Fotografías: Héctor Mario Sabarrós Souto

Retrato, taller y obra de Dora Bianchi 

 

 

Se dice que el primer registro de un exlibris (del latín, ex libris, “de entre los libros”) data del siglo XV antes de Cristo, realizado a pedido de un faraón cuyo propósito fue señalar los envoltorios que contenían los papiros de su biblioteca personal.

 

Todos tenemos una idea general de qué son y para qué sirven esos sellos grabados o etiquetas con los que se marca la propiedad de los libros: debe constar, entre otros datos, el nombre del dueño o de la biblioteca a que pertenece la obra. Pero además de que el exlibris debe respetar una serie de requisitos (tamaño, frase, etc.), necesariamente ha de representar el espíritu y la personalidad de quien lo usará para distinguir sus libros, o en caso de la biblioteca, la naturaleza de esta. Y ese afán por simbolizar aquello que singulariza a la persona que usará el exlibris es llevado al plano de la realización material por los artistas que se dedican a este tipo de trabajos tan sensibles y espirituales, además de estéticos.

 

Dora Bianchi se ha destacado, nacional e internacionalmente, en estas obras, y en su carrera constan participaciones, premios y presencias, en varios lugares del mundo.

 

Egresada hace muchos años de la Escuela Nacional de Bellas Artes "Manuel Belgrano" y de  la Escuela Nacional de Bellas Artes "Prilidiano Pueyrredón" con los títulos de Profesora Nacional de Dibujo y Grabado y Profesora Nacional de Pintura, también lo fue de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación "Ernesto de la Cárcova" con el título de Profesora Superior de Grabado. Hoy se desempeña en las áreas de la docencia de las instituciones de altos estudios.

 

Su extensa y riquísima trayectoria nombra lugares como Francia, Cuba, España, Japón, Ecuador, Polonia, Bélgica, pero también en América, Ecuador, México, y un etcétera realmente serpenteante. Dora ha recorrido el mundo con sus grabados y con su obra. http://www.dorabianchi.com.ar/

 

Maestra de artistas -con la grandeza de las que ejercen la docencia corriéndose para que el alumno/a advierta su propia senda y la siga convencido de que cada uno/a debe encontrar la propia-, tiene aún fresca la necesidad de continuar enfrentándose a sí misma y preguntarse si su obra actual la representa o no. Una artista consagrada que se siente inaugurando todas las mañanas su propia creación.

 

 

Pero esta mujer de presencia franca y acogedora, guarda en su alma una niñita pintora de las paredes del patio de su casa natal. Imaginamos que era una de esas edificaciones clásicas de la década de los cuarenta del siglo pasado, con un espacio central descubierto en donde se reunían los padres con los niños y también algún abuelo por las tardes de mate y malvones floridos. Allí Dora dibujaba con su tarrito de acuarela y cuando terminaba la ronda del muro del patio, comenzaba nuevamente la obra. Claro está: los materiales (papeles, lápices, pinceles) eran carísimos. ¡Lo siguen siendo! Tal vez desde esa época, esta maestra tuvo la intención de la mariposa, de reinventarse una y otra vez en el vuelo.

 

 

Llegamos hasta su casa, en el límite exacto entre La Boca y Barracas, un sábado caluroso. En un barrio que duerme una siesta de años y en cuyas veredas los pichichos callejeros parecen estatuas de la cotidianidad, Dora nos recibió con la sencillez y la cordialidad de la real gente de mundo: aquella que no necesita darse ningún corte, ninguna importancia. Nos flanquearon la entrada dos perros y la cucha de una gatita callejera que encuentra por las noches su amparo en la cancel generosa de la casa de Dora, ariana que, como no podía ser de otra manera, ama los bichos.

 

 

Dentro, los ambientes son el refugio del secreto de los grabados. Y por qué no, la reserva y la incógnita de la naturaleza de los exlibris que Dora seguirá creando. ¡Gracias, maestra, por recibirnos! ¡Y por abrir siempre el surco de la creación!

 

 

 

 

 

.Sitio de Dora Bianchi   

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